martes, 8 de marzo de 2016

Ramón Carrillo, el sanitarista de los argentinos





“Solo sirven las conquistas científicas sobre la salud si éstas son accesibles al pueblo”
Este hombre nacido en Santiago del Estero, ciudad pequeña por aquel entonces, llegó por las circunstancias de la vida y de la historia a convertirse no sólo en el primer Ministro de Salud Pública que tuvo la Argentina, sino en quien el tiempo reconocería como mentor y ejecutor del Plan Sanitario mejor diseñado y ejecutado en el país.
Nació un 7 de marzo de 1906. Luego de cursar estudios primarios y secundarios en su ciudad natal, guiado y alentado por su vocación parte rumbo a Buenos Aires, para iniciar la Carrera de Medicina. Cursa esta carrera de manera brillante y obtiene, al recibirse en 1929, la Medalla de Oro al mejor alumno de su promoción.
Desde estudiante se inclina hacia la neurología y la neurocirugía, colaborando con el Dr. Manuel Balado, eminente neurocirujano de la época, con quien realiza sus primeros trabajos científicos. Ya recibido abraza definitivamente estas especialidades y obtiene una beca universitaria para perfeccionarse en Europa, donde trabaja e investiga junto a los más destacados especialistas del mundo, entre ellos Cornelius Ariens Kappers.

Regresa a Buenos Aires en plena “Década Infame”, donde puede vivenciar el sistemático saqueo y destrucción que sufre su patria, en un periodo caracterizado por la profunda decadencia moral de la dirigencia, donde se impone la corrupción, el negociado, la enajenación del patrimonio nacional y el empobrecimiento de una gran mayoría poblacional. Adhiere entonces al pensamiento nacional que toma auge en aquella época. Complementa su educación científica con ideas políticas y formación cultural. Se vincula con hombres como Homero Manzi, claro representante de nuestra cultura y de las nuevas ideas, y la escuela neurobiológica argentina activa en el Hospicio de la Mercedes y el Hospital de Alienadas, luego hospitales Borda y Moyano.
Durante esos años se dedica a la investigación y a la docencia, hasta que en 1939 se hace cargo del Servicio de Neurología y Neurocirugía del Hospital Militar Central. Este cargo le permite conocer con mayor profundidad la realidad sanitaria del país. Toma contacto con las historias clínicas de los aspirantes al servicio militar, procedentes de toda la Argentina, y puede comprobar la prevalencia de enfermedades vinculadas con la pobreza, sobre todo en los aspirantes de las provincias más postergadas. Lleva a cabo estudios estadísticos que determinan que el país sólo contaba con el 45% de las camas necesarias, además distribuidas de manera desigual, con regiones que contaban con 0,00% de camas por mil habitantes. Confirmó de esta manera sus recuerdos e imágenes de provincia, que mostraban el estado de postergación en que se encontraba gran parte del interior argentino.
En 1942, con sólo 36 años, gana por concurso la titularidad de la cátedra de Neurocirugía de la Facultad de Ciencias Médicas de Buenos Aires. Brillante era su carrera en el mundo científico y académico. Sin embargo, los sucesos históricos harían cambiar radicalmente el destino de su vida y de sus pasiones. Son precisamente estos hechos los que harían que la figura de Carrillo tome dimensiones trascendentes.
Grandes cambios se producen en el país: en 1943 es derrocado el régimen de Castillo y asume un gobierno militar. En este contexto conoce en el Hospital Militar al Coronel Juan Domingo Perón, con quien comparte largas conversaciones. Es precisamente el Coronel quien convence al Dr. Carrillo de colaborar en la planificación de la política sanitaria de ese gobierno.
Luego Perón llegaría a la presidencia, por vía democrática, y confirma al Dr. Carrillo al frente de la Secretaría de Salud Pública, que posteriormente se transformaría en el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social de la Nación.
Difícil es enumerar la prolífera obra del Dr. Carrillo frente a esta cartera. Lleva a cabo acciones que no tienen parangón hasta nuestros días. Esta revolución sanitaria, diseñada y llevada adelante por Ramón Carrillo, aumentó el número de camas existentes en el país, de 66.300 en 1946 a 132.000 en 1954, cuando se retira. Erradicó, en sólo dos años, enfermedades endémicas como el paludismo, con campañas sumamente agresivas. Hizo desaparecer prácticamente la sífilis y las enfermedades venéreas. Disminuyó el índice de mortalidad por tuberculosis de 130 por 100.000 a 36 por 100.000. Terminó con epidemias como el tifus y la brucelosis. Redujo drásticamente el índice de mortalidad infantil del 90 por mil a 56 por mil.
Todo esto, dando prioritaria importancia al desarrollo de la medicina preventiva, a la organización hospitalaria, a conceptos como la “centralización normativa y descentralización ejecutiva”. Esta nada tiene que ver con la descentralización que se realizó en los últimos años a nivel hospitalario en nuestro país, que solo responde a fines meramente económicos impuestos por los mercados.
Esta es una brevísima síntesis de los hechos más importantes que generó desde el Ministerio que dirigía. Sin embargo el legado más importante que dejó el Dr. Carrillo fueron las ideas, principios y fundamentos que acompañaron este accionar.
“Los problemas de la Medicina como rama del Estado, no pueden resolverse si la política sanitaria no está respaldada por una política social. Del mismo modo que no puede haber una política social sin una economía organizada en beneficio de la mayoría.”
“Solo sirven las conquistas científicas sobre la salud si éstas son accesibles al pueblo.”
Estas fueron algunas de las frases que pintan de cuerpo entero a este hombre capaz de abandonar su admirable carrera científica, reconocida a nivel internacional, para entregarse de lleno a las necesidades concretas de su Patria. Este hombre originalmente formado en el pensamiento científico individualista y biologicista renunció al prestigio y la tranquilidad que le podía brindar su carrera para dedicarse al desarrollo de la medicina social, lugar desde donde podía realizar y concretar sus ideas sobre salud.
Muere a los cincuenta años, pobre, enfermo y exiliado, recibiendo por correo aportes de su amigo Salomón Chichilnisky tal como San Martín lo hacía de su amigo Aguado, en Belem do Pará, ciudad del Norte del Brasil, el 20 de diciembre de 1956. Quizás pensando, como lo hizo el gran libertador Simón Bolívar, que había arado en el mar ...
Sin embargo en el lamentable escenario de la Salud Pública actual y en momentos en que se extiende el discurso que responsabiliza al Estado de los males que padecemos, es saludable recordar su figura, su obra y -¿por qué no?- retomar sus banderas, poniendo nuevamente al estado al servicio del pueblo.
Quizás una de sus frases más celebres nos indique que aún su obra está inconclusa... “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas.”

Fuentes:
- Electroneurobiología (Hospital Borda)
- Fundación Ramón Carrillo
- La Gazeta Federal



"Ramón Carrillo habiendo nacido en el seno de una familia tradicional santiagueña, había llegado a ser un neurocirujano reconocido en el mundo entero. Formado en la Universidad de Buenos Aires se perfeccionó en Europa y regresó al país para aplicar lo aprendido entre sus compatriotas.

Como neurocirujano fue creador de la radiografía contrastada, un método de diagnóstico utilizado hasta nuestros días, y descubridor de estructuras cerebrales que llevan su nombre. También llevó su ciencia a los más pobres, conciente de que la salud es siempre un derecho y nunca un privilegio. Tal vez esto sea lo que llevó a decir a cierto médico radical que Carrillo no era neurocirujano sino "negro cirujano".

En la década del 30 participó de una envidiable mesa de café cuyos contertulios eran Homero Manzi, Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche entre otros. De esta mesa surgió la mítica agrupación FORJA.

El 17 de Octubre de 1945 lo encuentra como un partícipe fundamental de la epopeya popular convenciendo a los médicos militares de un supuesto grave estado de salud del entonces Coronel Perón. Las radiografías mostraban una pronunciada infección pulmonar y una fecha casi 10 años anterior que supo ocultar.

La reimposición de Perón al frente de las carteras que ocupaba lo llevó a ser el primer Secretario de Salud Pública con que contó la nación.

La Secretaría de Salud Pública fue una de las exigencias que puso Perón ya que hasta el momento solo existía un departamento de higiene y los hospitales eran manejados por la beneficencia o por las distintas colectividades de inmigrantes.

"Mire Carrillo, me parece increíble que tengamos un Ministerio de Ganadería que se ocupe de cuidar a las vacas y no haya un organismo de igual jerarquía para cuidar la salud de la gente" le dijo Perón.

En el año ‘46, cuando se crea el Ministerio de Salud Pública, Carrillo asume como ministro. Este cargo lo conservará hasta 1954. Es imposible enumerar la cantidad de hospitales, salas y servicios que durante la administración de Ramón Carrillo se crearon, fueron cientos y en todo el país (4.229 establecimientos sanitarios con más de 130 mil camas). Solo cabe decir que Carrillo aparte de ser una administrador de la política de salud, fue un teórico del hospital. De hecho su libro "Teoría del Hospital" planta las bases del hospital moderno y es, hasta hoy, bibliografía de las universidades de medicina del mundo.

Su gran logro sanitario fue la campaña contra el Paludismo, uno de los mayores emprendimientos sanitarios realizados en el mundo hasta entonces, y el resultado alcanzado fue espectacular: de 300 mil casos nuevos en 1946 a sólo 137 en 1950.

También redujo drásticamente las afecciones por enfermedades venéreas; el índice de mortalidad por tuberculosis (de 130 por 100 mil a 36 por 100 mil); la mortalidad infantil (de 90 por mil a 56 por mil) y terminó con epidemias como el tifus y la brucelosis.

Otro de sus grandes logros, superando las presiones de las multinacionales, fue la creación de EMESTA, primera fábrica nacional de medicamentos dedicada a abastecer a todos los establecimientos públicos del país.

Pero Carrillo no hubiera podido hacer nada de lo que hizo de no haber contado con el aval, la amistad y la colaboración de Evita. Todos los proyectos que salían del Ministerio eran tomados y llevados a cabo por la Fundación Eva Perón, juntos poblaron la nación de salud pública, gratuita e indiscriminada.

La muerte de Evita lo puso en manos de los sindicatos, aquellos que quisieron quedarse, y se quedaron, con el negocio de la salud a través de las obras sociales. Carrillo no quiso ser cómplice y dejó el gobierno. Tal vez viera en el futuro lo que es hoy la salud pública en la Argentina.

Perón solo le otorgó al viejo amigo; de quien, junto con Evita, fuera padrino de boda, un cargo de compromiso en Estados Unidos; lejos de las intrigas, las envidias y, sobre todo, de los intereses con los que Carrillo no transaría jamás.

La revolución del 55 lo encuentra trabajando para una empresa minera norteamericana en Brasil.

Solo, enfermo, abandonado; pero no olvidado, atiende gratis en el destartalado hospital de "Belén do Para" en un consultorio improvisado debajo de una escalera, y viaja por río al centro del Matto Grosso para atender al personal de la mina.
Las autoridades militares no lo olvidan, ni le perdonan haberle dado salud a millones de descastados. Ensucian su memoria, roban sus bienes y pretenden del gobierno brasileño una deportación que no logran.

Carrillo muere de un ataque de presión en su humilde casa del nordeste brasileño y, entonces si, al destierro se le suma el olvido, para cerrar el lazo de la peor ignominia que a un hombre se le puede hacer.

Afortunadamente los criminales no son nunca gobernantes legítimos ni, por más que lo pretendan, no llegan a ser dioses. Nunca logran que sus deseos se cumplan totalmente.

A pesar del olvido, del plan de "desperonización" y de las calumnias, los grandes hombres viven en sus obras y guardados en algún remoto cajón de la memoria del pueblo al que pertenecen.

Ramón Carrillo hoy se sienta a la mesa de un café con sus viejos compañeros y los nuevos: Manuel Ugarte, el Cura Mujica y sus compañeros del Tercer Mundo, Castelli y los jacobinos de 1810, John William Cooke y todos los que hicieron de la militancia política un compromiso intelectual.

Los dioses y los gobernantes de los tiempos clásicos sabían que no se debe aplicar un castigo que no se pueda hacer cumplir. Los tiranos no conocen ciertas sutilezas."

aldobr@elbarriopueyrredon.com.ar
Fuente: http://www.elbarriopueyrredon.com.ar/


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