viernes, 30 de noviembre de 2012

¡Framini-Anglada, Perón en la Rosada!

               

¡Framini-Anglada, Perón en la Rosada!
 
El 18 de marzo de 1962 la fórmula peronista Framini-Anglada resultó elegida con más de 1.170.000 votos para la gobernación de la provincia de Buenos Aires. Otro tanto ocurrió en otros diez del total de dieciocho distritos en que se sufragaba.

Luego se supo que el ministro del Interior del presidente Frondizi, Alfredo Vítolo, había firmado un documento con los jefes militares, garantizando que no se permitiría a Perón volver al país. Es que se había anunciado –con gran sorpresa y escándalo gorila- que la fórmula que el peronismo presentaría en la provincia iba a estar integrada por Andrés Framini como gobernador y ¡Juan Perón como vicegobernador! Pero a fines de enero de aquel año, Vítolo anunciaba que el gobierno rechazaría la candidatura del ex-presidente exiliado. Paralelamente, el juez electoral Leopoldo Isaurralde –de abierta filiación oficialista- declaraba que Juan Perón no podía ser candidato por no tener residencia en el país, no estar en el padrón y ser un fugitivo de la justicia. Para que nada quedara librado al azar, al mismo tiempo el cardenal Antonio Caggiano recordaba que la excomunión del "tirano prófugo" estaba en vigencia.

Proscritos Perón y el peronismo, finalmente se oficializó la fórmula bonaerense con Andrés Framini y Marcos Anglada, que concurrieron bajo las siglas de la Unión Popular, al igual que en la Capital Federal. En Córdoba, La Pampa, Chaco, Jujuy y Tucumán el movimiento prohibido lo hizo bajo la sigla del Partido Laborista; en Mendoza, Santiago del Estero y Entre Ríos, con el nombre Tres Banderas; en Neuquén como Movimiento Popular Neuquino; en Río Negro como Partido Blanco; en Misiones como Partido Justicialista y en Chubut y Santa Cruz como Partido Populista.

En febrero el presidente Arturo Frondizi ya había sido sometido a una intensa presión militar para el rompimiento de relaciones diplomáticas con Cuba –que el gobierno argentino efectivizó-, en el marco del bloqueo que entonces se había declarado por los yanquis. Pero las Fuerzas Armadas no tolerarían ahora un gobernador peronista: Frondizi (que había confiado en una derrota peronista), al día siguiente de las elecciones, decretó la intervención de Buenos Aires y las provincias ganadas por el justicialismo, y anuló los comicios. El día 21 las 62 Organizaciones gremiales anuncian una huelga general en repudio de las intervenciones. El día 27 el presidente declara "no me suicidaré, no renunciaré y no me iré del país". Pero el 29, frente al primer movimiento de tropas, renuncia, es arrestado en Olivos y trasladado a Martín García. El día 30 asume la presidencia José María Guido, hasta entonces el presidente del Senado. Será un gobierno títere, una fachada tras la cual gobernarán efectivamente los militares.

El 24 de abril el nuevo presidente anula definitivamente las elecciones ganadas por el peronismo. A pesar de la anulación, el 1º de mayo Framini concurre acompañado por varios dirigentes a la casa de gobierno platense, labrando un acta.

El 24 de julio un decreto del Poder Ejecutivo prohibe el proselitismo peronista, la exhibición publicitaria de fotografías y marchas. Nuevamente, bajo otro rótulo, reaparece el decreto 4161. Agosto se inicia con una huelga general de 48 horas decretada por la CGT. Ese mes, el día 23, se iba a producir el secuestro, tortura y desaparición del obrero metalúrgico y dirigente de la juventud peronista, de 22 años y delegado gremial de la fábrica TEA SRL desde 1958, Felipe Vallese, en la calle Canalejas 1776 (calle que hoy lleva su nombre, igual que el salón de actos de la CGT). El reclamo por su vida se convertirá en bandera de lucha: "¡Un grito que estremece, Vallese no aparece!".
Los militares terminan por enfrentarse violentamente entre sí en septiembre de 1962 (y también al año siguiente), cuando chocan "azules" y "colorados". Es que Perón seguía siendo "el hecho maldito" de la política argentina. En noviembre de 1962 se dicta el Estatuto de los Partidos Políticos, que excluye al peronismo para las elecciones presidenciales de febrero de 1963, con las que el Colegio Electoral designa presidente (con un bajísimo caudal de votos), al candidato de la UCR del Pueblo, Arturo Humberto Illia. Pero el odio gorila no cesaba: la comisión liquidadora de los bienes de Juan Domingo Perón (decreto 8124/57) distribuye lo recaudado entre varias entidades. Y el 10 de abril del ’63 se dicta una nueva reglamentación del decreto ley 7165 que prohibía la exaltación del peronismo.

El 17 de octubre de 1964, en un masivo acto en Plaza Once, el Cuadrunvirato del Comando Táctico peronista da a conocer por boca de Andrés Framini el anuncio del retorno del general Perón a la Argentina antes del fin de ese año. Sin embargo, en diciembre de 1964 ese intento de regreso de Perón es frustrado por el pedido del canciller de Illia, Angel Zabala Ortiz, al gobierno brasileño, que impide la partida del avión desde el aeropuerto de Río de Janeiro, después de una escala de rigor.

Una manera de concebir el retorno del líder –el "avión negro", el protagonismo casi excluyente de las organizaciones gremiales, la complicidad secreta de algunos militares conspirativos, la masa peronista movilizada aunque sin mayor organización- había fracasado. En los años inmediatos siguientes el peronismo se replegará ("desensillar hasta que aclare" ordenará una directiva del Jefe después del golpe de Juan Carlos Onganía). Y luego comenzará una nueva y larga etapa de la resistencia popular ("siguiendo la táctica del agua, que siempre pasa"), con otra metodología y otra concepción militante –en parte aportada por las organizaciones de cuadros- que desembocará por fin el 17 de noviembre de 1972 en el milagro del retorno del viejo general a la patria –y más tarde al poder- con toda la gloria.

Por su parte, Andrés Framini se enorgullecía de haber estado en la plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945, y también el día del bombardeo del 16 de junio de 1955. Fue un peronista que estuvo en todas, en las buenas y en las malas. Nacido en Berisso, fue el conductor gremial histórico de la Asociación Obrera Textil. Se hizo cargo también de la secretaría adjunta de la CGT en 1955, cuando el gobierno de Lonardi pareció contemporizar con el movimiento obrero. Pero apenas asumió Aramburu lo metió preso, y así anduvo, entre la cárcel y la clandestinidad, durante mucho tiempo.

En sus últimos años confió en Montoneros y el Partido Auténtico y más tarde en el padre Luis Farinello. Framini falleció el 9 de mayo de 2001, a los 87 años, después de terminar un apasionado discurso sobre la obra del general Perón

Fuente: www.agendadereflexion.com.ar
12 de mayo del 2001 - Muere un luchador popular

Al Negro Framini, por Miguel Bonasso

Hace apenas cuatro días me llamó por teléfono y se lo sentía lúcido y vital cuando dijo, desde sus 87 años:
–Aunque suene antiguo, hay que rescatar el viejo concepto de lo nacional y popular. Porque la Nación está al borde de la extinción y el pueblo está excluido. Hay que trabajar por un verdadero frente.

Quería verse con viejos y nuevos compañeros, hacer política, seguir en la brecha.

La generación de la dictadura no sabe quién es, pero el currículum de Andrés Framini debe ser uno de los más nutridos y honrosos del Movimiento Peronista y del movimiento obrero.

En 1955, cuando el golpe militar derrocó a Juan Perón, Andrés Framini y Oscar Natalini fueron los dirigentes que se hicieron cargo de la CGT. Pero al triunfar la línea más antiperonista de los militares, que encarnaban el general Pedro Eugenio Aramburu y el almirante Isaac Rojas, lo mejor de la dirigencia sindical peronista tuvo que clandestinizarse y resistir el terror castrense desde la CGT Auténtica. Allí descolló Framini junto con Armando Cabo, el dirigente metalúrgico que Evita había elegido para armar las milicias populares.

A partir de ese momento el Negro Framini, secretario general de la Asociación Obrera Textil, pasó a convertirse en uno de los referentes de la Resistencia Peronista.

En marzo de 1962 se presentó como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires por la Unión Popular, uno de los tantos sellos legales a los que recurría el peronismo para eludir la proscripción del régimen. Pero arrasó en la votación, los militares no lo toleraron y derrocaron al presidente civil, el desarrollista Arturo Frondizi.

En esa época, Framini anunció el célebre "giro a la izquierda" que pretendía dotar de un andamiaje ideológico más sólido al gran movimiento de masas que John William Cooke definía con acierto como "el gigante ciego e invertebrado".

En el ínterin, el "integracionismo" frondicista le había dado aire a ciertos dirigentes sindicales que aparentaban ser muy duros pero acabaron siendo baluartes del sistema como el metalúrgico Augusto Timoteo Vandor. Y fue bajo la conducción del Lobo Vandor que Framini se vio arrastrado a la frustrada Operación Retorno de Perón en 1964.

En los setenta, el Negro Framini se acercó a la Juventud Peronista y los Montoneros y con otros dirigentes de la vieja guardia como Armando Cabo, Oscar Bidegain, Alberto Martínez Baca y Dante Viel, fue uno de los fundadores del Partido Peronista Auténtico (PPA), que Isabel Perón ilegalizó a fines de 1975.

En esa época nos veíamos todos los días, en la incómoda clandestinidad de una pequeña oficina que había alquilado con encomiable tacañería Gregorio Levenson. Y a pesar de las amenazas de la Triple A y del Comando Libertadores de América; a pesar de la inminencia de ese golpe que se anunciaba en las palabras de Jorge Rafael Videla ("morirán todos los que tengan que morir") el Negro Framini fue en esos días para mí un maestro de la historia viva y un personaje muy divertido, con un extraordinario sentido del humor. A veces alguien comentaba, por ejemplo: "Fulano es un pelotudo" y el Negro exclamaba: "¡Ah, entonces es peronista!". Agregando de inmediato con su voz pastosa: "porque para ser peronista hay que ser loco o pelotudo". Otras, alguien dejaba sentir su desazón, su angustia y el Negro le recetaba filosóficamente: "Hacete un fomento de nalga y se te pasa enseguida".

Atravesó la clandestinidad y el terror con su misma cara de siempre, sacándose como única precaución sus famosos anteojos negros. En una ocasión tenía que hablar en Berisso y nos paró la policía al entrar en auto a la ciudad-símbolo del viejo peronismo. Nos salvamos de milagro, porque los milicos eran brutos y se amilanaron ante una credencial del ex diputado demócrata cristiano Raúl Torreiro y otra del propio Framini con el cargo insólito que le había dado años atrás el gobernador bonaerense Oscar Bidegain: gobernador de la isla Martín García.

No se dieron cuenta de que el "señor gobernador de Martín García" era el orador de fondo del acto que debían impedir a toda costa.

Anteanoche, me cuentan, murió con las botas puestas, en un encuentro de la CTA, donde pasaron la película de Leonardo Favio sobre la historia peronista. Andrés le confesó a la concurrencia que solía soñar con Evita, que hablaba con ella y en ese momento se desplomó. Por suerte no sufrió, no padeció rigores hospitalarios. Cayó de cara a los compañeros, evocando una gesta malversada por los vaciadores de ideologías. La epopeya popular que lo tuvo entre sus mejores protagonistas.

Fuente: Página/12

sábado, 17 de noviembre de 2012

EL ULTIMO SOBREVIVIENTE DE LA OPERACION MASACRE

JUAN CARLOS LIVRAGA, EL ULTIMO SOBREVIVIENTE DE LA OPERACION MASACRE
Relato de un fusilado
Fue acusado sin prueba ni juicio de conspirar contra la dictadura de Aramburu en 1956. Fue fusilado en un basural de José León Suárez. Sobrevivió y su testimonio disparó la investigación de Rodolfo Walsh. Ahora tiene 80 años y aquí cuenta su historia.

Por Andrés Osojnik

                

El que está sentado a la mesa es Juan Carlos Livraga. Es un hombre menudo, sencillo, que habla con carraspera. Tiene ochenta años y seis meses. Y dice que los gatos lo esquivan, porque tiene más vidas que ellos. Juan Carlos Livraga es el mismo que a los 24 años fusiló la dictadura de Aramburu en un basural de José León Suárez. Es el mismo que sobrevivió a esa pesadilla y el mismo que se animó a contarla a Rodolfo Walsh, seis meses después de ocurrida. Es el "fusilado que vive", el protagonista de un relato que fue el punto de partida de la investigación más impactante del periodismo argentino, condensada en el libro Operación Masacre. Ahora, Juan Carlos Livraga se dispone a repetir su historia a Página/12. Es la primera vez que lo hace ante un medio gráfico nacional. Cuenta su historia y más: sus contactos con Walsh, su vida posterior en Estados Unidos, el encuentro con Néstor Kirchner y las consecuencias físicas que aún sufre por los balazos de la noche trágica que empezó el 9 de junio de 1956.

Ese día, el general Valle dirigió una sublevación militar contra la dictadura. Para sofocar la rebelión fue implantada la ley marcial. Pero antes de que entrara en vigencia, en Florida fue arrestado un grupo de civiles que la policía creyó vinculado con el motín.

–Yo ni siquiera era peronista. Nunca lo fui.

Aclara el hombre, aunque sabe que si lo hubiera sido, la barbarie igual no tendría justificación.

–¿Alguna vez entendió por qué lo detuvieron?

–Esa duda la tengo siempre, porque nunca supe.

Nunca supo, dice, por qué lo detuvieron, por qué lo fusilaron. Había trabajado en albañilería desde niño junto a su padre. Había trabajado en la Aeronáutica. Luego fue colectivero. Ese era su trabajo cuando sucedió todo.

–¿Empiezo a contar de cero?–propone.

–Empiece a contar de cero.

–Yo vivía a una cuadra y media de donde me pasó. Tenía un amigo del otro lado, Vicente Rodríguez. El día 9 de junio yo manejaba un colectivo de la línea 10, que venía de Chacarita a Munro y pasaba por la esquina ésa. Ese día empezaron las cosas al revés. Yo llevaba cinco días sin trabajar porque el coche estaba en el mecánico y me llaman los patrones para decirme que ya estaba arreglado. Ese día había partido entre Colegiales y All Boys. Y yo tenía una cita con una muchacha que hacía tiempo la venía trabajando en el colectivo. Fui invitado por ella a bailar en la Hostería de Munro, un lugar muy agradable. Yo iba con el colectivo repleto, baja la gente en el estadio, voy a arrancar y se rompe el palier. Con toda la rabia del mundo cerré la puerta y dije, bueno, voy a ver el partido. Comí un sandwich de chorizo y una Coca-Cola. Hacía un frío terrible. Cuando falta un minuto, All Boys le hace 1-0 a Colegiales. ¡Para qué! A mí me gustaba ese equipo. Bueno, me fui para mi casa caminando. Llegué descompuesto, lo que comí me hizo mal por el frío y la amargura. Le dije a mi papá que me iba a acostar porque después tenía que salir y él me dijo: "¿Así como estás te vas a ir?". "Sí, papá, usted sabe que citas son citas y no hay que fallar." Al salir, alguien me silba de atrás. Era este amigo Vicente Rodríguez. "¿Adónde vas?", me dice. "Tengo un asunto que me espera en Munro. Pero voy temprano." "Ah, fantástico, ¿por qué no venís a la casa de un amigo a escuchar la pelea de Lausse y Loayza?" Le dije, bueno, tengo tiempo. Me meto en el departamento, era un pasillo atrás. Había dos personas que no conocía, Rodríguez y yo. Me senté al lado de la radio, ellos jugaban al chinchón. Después vi un revólver tan viejo que si le ponían una bala salía para atrás. Ganó Lausse por nocaut y yo dije: "Me voy, Gordo, que se me hace tarde". Abrí la puerta y un policía me da un culatazo en el pecho, caí bajo un mueble y ahí quedé. Después me levantan como un trapo y me llevan afuera, hasta la esquina, unos diez metros. Ahí veo que hay un colectivo de la línea 19, que no pasaba por ahí, lleno de gente, otros policías y una persona parada en la ochava de uniforme militar. Yo no sabía quién era. Me llevan con él, saca una 45 y empieza a pegarme. "¿Dónde está Tanco? ¿Dónde está Cogorno?"

En Operación Masacre, Walsh cuenta que el colectivo había sido secuestrado por la policía para el operativo. Y que el hombre de uniforme militar era el jefe de Policía de la Provincia de Buenos Aires Desiderio Fernández Suárez. Tanco y Cogorno eran junto a Valle los líderes de la rebelión.

"Para mí era todo nuevo –sigue Livraga sorprendiéndose hoy–. De política no me interesaba ni sabía. Yo le decía no sé. Y él me decía: "¿Con esa facha vas a hacer la revolución?". Y no dejaba de golpearme. Después me suben al colectivo, ahí vi a otra gente que conocía del barrio. Nos llevan a la Regional San Martín. Cuando nos meten en una habitación conté 16."

–¿Usted y quince más?

–Exactamente. Después me enteré de que estaba el dueño de la casa, que vivía adelante, Miguel Angel Salvador Giunta. A Rodríguez le dije: "Gordo, ¿estás metido?". El me dice: "No". Le digo: "Si estás metido –como teníamos que declarar– decímelo a ver qué podemos decir". Yo estaba de campera de gamuza, camisa y corbata. Bien vestido y con documentos. Le dije al oficial, cuando me atiende: "Escúcheme, ¿usted cree que alguien que va a hacer un robo o algo malo va a andar vestido así y con documentos?". Yo iba a un baile y hasta di el nombre de la muchacha. Mientras, leía en la hoja al revés lo que había declarado Rodríguez, mejor dicho no lo que declaró, lo que quiso escribir el oficial. Yo le explico lo mismo y cuando me hace firmar, leo y le dije "esto no es lo que dije yo". "Mirá, pibe, más vale firmá." Yo pensé un segundo y dije más vale firmo y después veremos. Volví y después fueron a declarar los demás. Como a las tres de la mañana, íbamos al baño una vez cada uno y al policía le sacábamos alguna palabra. Ahí me enteré del levantamiento en La Plata, el general Valle y todo eso. Como a las cinco y pico de la mañana, seis, nos sacan en un carro de asalto, yo voy adelante, éramos cinco, y cuatro policías que venían con el fusil, casi dormidos. Atrás iban otros, después supe que iban Troxler, Lizaso y otros más, porque en la otra habitación de la casa donde nos llevaron había más gente. Bueno, nos llevan. ¿A dónde? Seguro a Campo de Mayo. Llegamos a la estación de José León Suárez, de ahí por una ruta. Estaba todo oscuro, pero yo sabía dónde estaba. Dijeron "bajen los cinco", bajaron los policías y ahí detrás veo una camioneta con gente adentro. Después supe que era el comisario Rodríguez Moreno. Caminamos como unos cien metros y ahí sentimos el golpe de manivela que para mí era conocido. Eran los fusiles.

–Ahí recién se dieron cuenta de que los iban a matar.

–Sí, recién ahí. Y ahí viene un desparramo, los gritos y a uno lo agarró la desesperación. Se viene a mi lado a agarrarme. Yo lo sacudo y me tiro cuerpo a tierra, pero mirando hacia ellos. Al otro lo vi que escapó por el campo en diagonal. Corrió más rápido que los tiros. Era Giunta.

–¿Ya habían empezado los tiros?

–Sí, pero a mí no me habían pegado, sí a los que estaban al lado. Cuando terminaron de tirar, en un momento siento que paran donde estaba yo y me enfocan en la cara. Entonces yo moví los párpados.

Se venía el tiro de gracia. De los doce que la policía debía fusilar aquella noche, siete se salvaron. Uno de ellos fue Livraga, que se hacía el muerto. Pero esa luz lo traicionó.

–Empezaron a tirarme –recuerda–. Me tiraron tres tiros. Uno me pegó en la nariz, apenas me sacó un pedacito. Otro me perforó la mandíbula de un lado a otro y a partir de esa época quedé sordo de ese oído. Y el del brazo es una 45, me lo pegó Rodríguez Moreno.

–¿Y entonces?

–Me quedé sin moverme, siento que se van. Volvieron al carro de asalto y ahí hubo unos tiros, se habían escapado uno de los presos y dispararon contra los policías, eso lo supe después. Cuando vi que ya no había moros en la costa, me levanté y vi a los que estaban muertos. Rodríguez tenía once tiros. Yo tomé el mismo camino que hizo Giunta. Al llegar al cruce de la barrera me caigo desmayado junto a una garita donde había policías adentro. Eran cuatro o cinco cuadras, pero no habían sentido los tiros porque con el frío estaban encerrados. Uno me preguntó qué me pasaba y yo sólo vomitaba sangre. Me suben a un jeep y me llevan al policlínico San Martín. Me dejan en la sala de primeros auxilios y ahí las muchachas me salvaron parte de la vida. Mientras me curaban me preguntan si tenía el teléfono de mi papá y yo se los di con los dedos. Cuando me estaban por llevar a terapia intensiva vi que había llegado. Pero como a las nueve de la noche me viene a buscar la policía.

–Se lo llevan otra vez.

–Sí, y lo primero que hicieron fue buscar mi ropa. Querían recuperar el certificado que me habían dado por las cosas que me sacaron en la Regional y que llevaba la fecha en la que había entrado. Pero las enfermeras salvaron el papel, se lo habían dejado a mi papá sin que se diera cuenta. Ese papel probaba que lo que dijeron ellos después era mentira: que me escapé, que me había tiroteado con la policía, incluso que me habían matado. Mi papá recibió del gobernador el certificado de defunción mío, porque había muerto en un tiroteo.

–¿Cuándo le mandan el certificado a su padre?

–A los dos días, porque mi papá había mandado un telegrama para saber qué había pasado conmigo y le respondieron con eso.

–¿Y después del hospital?

–Me sacan prácticamente desnudo y me llevan de paseo en una camioneta descubierta. Me di cuenta de que buscaban que me muriera solo, paraban en todo teléfono público que hubiera para recibir las órdenes. Así me tuvieron hasta las dos de la mañana. Al final me llevan a la 1ª de Moreno y me meten en el calabozo. Vino un médico y me dio dos pastillas, pero yo hice que me las tomaba y después me las saqué. Ahí me tuvieron 28 días, sin atención médica, ni comida, ni nada. Nadie se podía acercar a ese cuartito, puro cemento y a oscuras. Un día vienen unos auditores a tomarme declaración, qué declaración si no podía hablar. Entonces me mostraron algo escrito y me amenazaron. Yo dije, medio muerto y muerto, firmé lo que inventaron ellos, eso del tiroteo y que me escapé.

–¿Entonces?

–Entonces un día las cosas cambiaron. Vinieron dos suboficiales nuevos y como no estaba el sargento entraron a verme, yo estaba con barba, desfigurado, flaco, sin la mitad de los dientes, perdí quince kilos. Me quisieron preguntar, pero no pude hablar por cómo tenía la boca. Y les dio tanta lástima que se fueron a comprar fruta, naranja, mandarina. Yo la empecé a chupar y me dio una diarrea que aunque no tenía nada en el estómago me pasé un día y medio revolcándome en el piso. Al día siguiente estaba tan mal, todo oscuro, desesperado, y siento una sombra atrás. No puedo decir quién fue, pero me empezó a hablar, me dijo que me calmara y yo me sentí más tranquilo. Al día siguiente me traen ropa y después me dicen: "Vamos a la cárcel de Olmos".

–La cárcel parecía mejor que el calabozo de la comisaría.

–Sí, pero cuando salimos estaba oscuro y yo temí otra vez. En eso se descompone el jeep. Yo dije, de ésta ya no me salvo. Pero pararon en un taller mecánico, arreglaron la falla y a la ruta. Llegamos a Olmos, abren la puerta y ahí a Juan Carlos Livraga lo cambiaron. Uno de los presos dice un cuento, que yo estaba ahí por haber matado a cuatro policías. No sé de dónde lo sacó, pero eso cambió mi vida, me empezaron a respetar. Quedé en manos de los presos, uno de ellos, el capo de la cárcel. Era la mafia. Me protegieron, me cortaron el pelo, me afeitaron. Me pude bañar, me dieron ropa. Nunca comí la comida de la cárcel, me hacían comida los presos y empecé a recuperarme. Ahí me encontré con Giunta. Yo lo creí muerto, pero estaba con los presos políticos. Me cuenta que no le habían disparado, que después se entregó, y que lo habían amenazado, le hacían como que lo mataban y se volvió medio loco, pobre. Y me cuenta que un abogado cobraba 15 mil pesos para sacar gente de la cárcel. "El no me cree a mí", me dijo Giunta. Al día siguiente estaba ahí el doctor Von Kotsch. Era un hombre joven, de la parte de Frondizi, intransigente. Me preguntó y le conté. Le conté del papel, que lo tenía mi papá. Era lo que esperaba él.

–Una prueba.

–Sí. Me dice, dame el teléfono de tu papá que lo voy a ir a ver. Fue a mi casa, arregló y fue de ahí mismo a la Regional San Martín. El comisario le dice una sarta de mentiras. Pero el abogado le mostró el papel. Y salió con mi reloj, mi cinturón y los veinte pesos. Empezó a moverse con el doctor Doglia, que era un fiscal y antes de los quince días me dijo que me iba a sacar. Nunca aceptó un centavo.

–Y lo sacó.

–Todas las noches venía una voz de ultratumba que decía: "Atención a la población". Y llamaba a Fulano y a Mengano. A muchos los llamaban para darle picana. Esa noche, al final, la voz dice: "Juan Carlos Livraga y Miguel Angel Salvador Giunta". Todos vienen y me dicen: "Juan, te vas, te vas". Yo no creía. Me llevan y me encuentro con mi abogado. Ahí me quedé tranquilo. Me hicieron el pianito y quedé libre. Era 17 de agosto. El abogado me dio dinero y ahí fuimos con Giunta a tomar el tren. El estaba muy mal, pobrecito. Llego a Florida, caminé las siete cuadras, en mi casa no sabían nada. Siempre cuando yo llegaba le pegaba un silbido a mi mamá. Y silbé. Mi mamá salió a los gritos, mi papá se estaba preparando para ir a verme. A las dos horas había más de cien personas en mi casa. Mi papá era italiano y allá en Italia era costumbre que cuando volvía de la guerra alguno de los hijos prendían fuego tres días y mataban una vaca. En mi casa se hizo. Tres días de fiesta, todos borrachos, se abrazaban, cantaban.

–¿Ahora sigue con problemas físicos?

–La primera operación en la boca duró 16 horas. Llevo siete operaciones, tengo todo de platino, arriba perdí todos los dientes, hubo que hacer todo de nuevo. Y me quedó un agujero arriba que cuando terminaba de comer tenía que hacer fuerza con la nariz tapada para que saliera la comida por el agujero y no se infectara. Igual me agarró una infección muy grande. Me llevaron a la Facultad de Odontología con un nombre falso para que no me reconocieran. Y ahí me curaron. Hasta ahora me cuesta mover la mandíbula, si la abro mucho se me sale. Tengo una sinusitis crónica. Y tuve otro problema. Cuando con la 45 Fernández Suárez me pegaba acá (se señala el estómago), me quedó todo negro durante ese mes que estuve preso. Resulta que me afectó la aorta. En el 2006 me operaron porque estaba muy mal, y al abrir encontraron una bola de sangre de doce centímetros en el nacimiento de la aorta. Era un coágulo que se empezó a formar ese día, fue creciendo y me lo sacaron 50 años después.

–¿Alguna vez recibió alguna disculpa del Estado?

–No.

–¿Y la muchacha de la cita?

–Nunca más la volví a ver.

Publicadas por Eva Troxler
http://desdeelfarodelfindelmundo.blogspot.com.ar/2012/11/relato-de-un-fusilado.html
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