martes, 18 de octubre de 2011

Perón y el Frente Cívico de Liberación Nacional : Coalición y confrontación

Perón y el Frente Cívico de Liberación Nacional : Coalición y confrontación
Autor: Bozza, Juan Alberto Domingo
Revista: Cuadernos del CISH 1997 2(2-3) : 135-182
Editor: Centro de Investigaciones Socio Históricas (CISH), Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, UNLP

Temas: Historia - Política gubernamental - Liberalismo
Tipo de documento: Artículo
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SEPARARNO RESALTAR
1. El reconocimiento del peronismo: Un largo y sinuoso camino

Antes de convertirse en la principal fuerza política, a partir del repliegue de la Revolución Argentina, el Peronismo atravesó sucesivos reconocimientos por parte de un conjunto de actores políticos y sociales que, desde el derrocamiento en 1955, lo habían rechazado y proscripto del sistema de partidos. La endémica inestabilidad institucional fue el efecto más visible de este proceso de exclusión y de los accidentados intentos para su readmisión parcial o condicionada.
El régimen político arrastró una persistente crisis de legitimidad a partir de 1955. La proscripción de un movimiento de mayoritario caudal electoral engendró la ingobernabilidad de una sociedad, en la que los principales actores políticos cifraron las estrategias de su predominio sobre la exclusión y negación de las fuerzas opositoras. Algunas prácticas de aquel Movimiento en el gobierno operaban como razones de peso para justificar un rechazo bastante generalizado en el espectro de partidos opositores(1) Los partidos que de alguna manera usufructuron la «legalidad» posperonista consideraron, durante varios años, al régimen depuesto como una fuerza incompatible con la democracia. El mutuo desconocimiento de los protagonistas y la falta de aceptación de uno de los actores de las regias de juego democráticas imprimieron al sistema institucional los signos perdurables de una irresuelta crisis de representación. Imbricados sobre este proceso se sucedieron, como en un carrusel vertiginoso, elecciones fraudulentas, negociaciones secretas, pactos incumplidos, planteamientos castrenses, democracias ficticias y dictaduras mesiánicas incapaces de construir y sostener un orden político estable y legítimo(2).
Una aguda metáfora definió a las cambiantes y variadas tácticas de Perón, promovidas desde el exilio, como las aspiraciones del conductor empecinado en recuperar su hueste (Amaral). Lejos de ser solo el resultado de una voluntad subjetiva, los sucesivos reconocimientos que fue obteniendo Perón de otros actores estuvieron condicionados por las estrategias utilizadas por el resto de los partidos, así como por el malestar sociopolítico realimentado por las reiteradas coyunturas de deterioro de la economía nacional. La recurrente sucesión de ciclos negativos en el desempeño de nuestra economía, originados en periódicos estrangulamientos del sector externo y las consiguientes políticas de ajuste que acentuaron una redistribución regresiva del ingreso nacional, gravitaron como el sustrato material del comportamiento de los actores sociales más agredidos(3). Frente a esta realidad, la anhelada «desperonización» de las masas no tardó en mostrarse como una vana esperanza. Si bien estuvieron sumidas en la desorganización inicial y fueron castigadas por sucesivas derrotas, las franjas mayoritarias del movimiento obrero conservaron su identidad peronista. Fueron el primer actor social del que Perón obtuvo -o conservó-, un rápido sino inmediato reconocimiento(4).
La persistencia de una amplia lealtad en las bases obreras condicionó también la identidad y los márgenes de maniobra de las conducciones gremiales. A pesar de las agresiones a las que fueron sometidas por el Estado, las direcciones sindicales, lejos de ser destruidas, conservaron su poder de negociación, amparadas en las poderosas entidades corporativas en nombre de las cuales negociaron y confrontaron con los sucesivos gobiernos. Las estructuras sindicales eran un recurso muy importante como para ser destruido por una fuerza política que aspirara acceder al gobierno o incluso a quedarse con una parte de ese poder(5). Asentada sobre bases corporativas, con el reaseguro de una renovación generacional que no desplazó su identidad política, la burocracia sindical prolongó su predominio en el movimiento obrero amparándose en una lealtad a Perón, que tanto obtenía beneficio de la invocación de su nombre como de la lejanía del conductor. Los sindicalistas, depositarios de un poder gremial tan duradero como autónomo, y la rama política del desorganizado movimiento que se cobijó en él, configuraron la urdimbre organizacional desde la cual Perón incrementó sus pretensiones sobre la política nacional. Con todos los vaivenes suscitados por las dificultades de su control, la existencia de los partidos neoperonistas también contribuyó a mantener y amplificar la incidencia de Perón en la escena local, aunque también lo obligó a un vigilante ejercicio de advertencias y sanciones(6).
Del conjunto de las fuerzas políticas que habían rechazado su presencia, el frondizismo fue la primera en reconocer implícitamente al peronismo. El contundente caudal electoral del movimiento tentó a Frondizi a implementar una osada operación política por la cual cosechó un rotundo éxito en las urnas y una seguidilla de planteos castrenses, que terminaron por debilitar su gobierno propiciar su caída en 1962. La gobernabilidad de la sociedad sobre bases políticas excluyentes imprimió el permanente caracter provisorio e inestable de las diversas administraciones que intentaron recomponer el poder del Estado. Una crisis profunda que afectó incluso a las instituciones consideradas los últimos pilares del resguardo del orden instituído: en el enfrentamiento armado que dividió a las fuerzas militares, en 1962, confrontaron dos estrategias del establishment acerca de - la existencia y perspectivas del peronismo en el sistema político nacional. Eventos tales como la Asamblea de la Civilidad o las negociaciones entabladas para la construcción del Frente Nacional y Popular propiciaron el reconocimiento total o parcial del peronismo por los partidos más significativos: la UCRP, las dos ramas de la UCRI, el Partido Conservador Popular, la Democracia Cristiana, el Socialismo Argentino, entre otros(7).
Sin embargo, el retorno de Perón seguía siendo un hecho inadmisible si el movimiento no obtenía el consentimiento de dos actores sociales de tanto predicamento y poder, como la Iglesia y las FF.AA. Pronunciamientos convergentes de Perón y de sus emisarios locales y de fa Iglesia comenzaron a recomponer, en el transcurso de la década del Sesenta, un vínculo matrimonial quebrado en 1954. La designación por Perón a la cabeza del movimiento de una personalidad tan vinculada al catolicismo militante, corno Matera, y las declaraciones socialcristianas del programa "y de los dirigentes justicialistas promovieron el acercamiento. La persistencia del liderazgo obrero peronista como barrera de contención de la «amenaza comunista» -un fantasma obsesivo en los círculos reaccionarios hemisféricos durante la década-, fue una carta invalorable a la hora de decidir la favorable reconsideración del peronismo por parte de la cúpula eclesiástica(8).
Finalmente, la crisis de gobernabilidad que debieron afrontar los gobiernos de las Fuerzas Armadas, desde fines de los Sesentas, tornó imprescindible la apertura de negociaciones con Perón. El análisis de las interacciones suscitadas por este proceso fue objeto de interesantes interpretaciones. No obstante, algunos problemas relativos al. fenómeno de decisiva y rápida gravitación de Perón ameritan una indagación específica.

Acerca de la concentración de poder de Perón: Interpretaciones y perspectivas.

Existe un amplio consenso en atribuir el creciente protagonismo de Perón a la crisis política desatada por el generalizado proceso de contestación social(1968-69) que minó las pretensiones de la «Revolución Argentina». La inusitada activación popular, expresada en manifestaciones múltiples como la radicalización de sectores obreros, de las capas medias, la fuerte movilización juvenil o las rebeliones regionales, desmoronaron el proyecto «burocrático autoritario» de sumir a la política en un prolongado estado de hibernación. Según estas interpretaciones, el fracaso de los objetivos que los militares se trazaron para los «tiempos económicos y sociales» hizo que la política, en la gestión de Lanusse, tomara «el puesto de mando». Los análisis más penetrantes del período coinciden sustancialmente en el diagnóstico del proceso. Ante los grados crecientes de amenaza, la prioridad por parte del conjunto de las clases dominantes, fue la reconstitución del poder del Estado. Para lo cual, el sistema político debía convocar el máximo posible de consenso(9).
Según estas interpretaciones, el clima de ingobernabilidad política -del que la insurgencia guerrillera, fue el desafío más drástico­ , erosionó las sucesivas estrategias de los militares en la conducción del Estado y amplió los recursos y las condiciones para que el liderazgo de Perón se proyectara sobre sectores cada vez más amplios de la sociedad. Todos los analistas consienten en que «La Hora del Pueblo» marcó, a fines de 1970, el reconocimiento total de Perón y el Peronismo, como actores legítimos ante la futura salida democrática, por parte de las principales fuerzas políticas. Las interpretaciones capturan acertadamente el curso general del probo que abrió las posibilidades de la decisiva gravitación del Peronismo. No obstante, las exploraciones del período no indagan con la misma profundidad y minuciosidad algunos mecanismos y situaciones específicos que jalonaron la rápida acumulación de poder por parte de Perón. Ante dicha cuestión, los diversos estudios denotan lagunas y carencias. En la reconstrucción de la trama conformada principalmente por las estrategias de Perón y el Movimiento, existen relatos plausibles que combinan una sucesión de episodios ínsitos en fa textura, a menudo demasiado lisa y aplanada, de aquel proceso. Sin embargo, el conjunto de estas narraciones no ponderan con suficiente claridad y densidad reflexiva fas formas de implementación concreta con que Perón y el Movimiento llevaron a la práctica la creciente captación de consenso. En este punto, no existen análisis exhaustivos acerca de la importancia y la centralidad que desempeñó el Frente Cívico de Liberación Nacional en la puesta a punto de la estrategia de Perón y en la expansión de su predicamento en la escena nacional(10).
Esclarecer esta cuestión reviste importancia no solo para entender el caracter de la herramienta política que prefiguró al FREJULi, la alianza con que el peronismo concretó el triunfo electoral de 1973. Comprender las condiciones de emergencia del FCLN, su naturaleza, sus fuerzas integrantes, su programa, etc, nos permite, además, desentrañar ciertas constantes del pensamiento estratégico de Perón; vislumbrar las continuidades y rupturas de su concepción de la política; reflexionar sobre el tipo de vínculos que estableció con aliados y adversarios; reconocer los mecanismos predilectos conducentes a la concentración de poder; percibir la dialéctica de la interacción con su hueste partidaria, así como los alcances y fundamentos de las relaciones establecidas con otros actores políticos y sociales.
Analizar el lanzamiento y desarrollo del FCLN implica superar y subsumir la mera. descripción fenoménica de un corto período histórico. Pretende aportar dosis de claridad sobre los mecanismos de la enorme captura de potencial político perpetrada por Perón,-en la etapa del asedio final al gobierno militar de Lanusse. La reconstrucción de tal objeto impondrá elaborar respuestas a una triada de interrogantes. ¿Qué dispositivos debió poner en ejecución Perón al interior de su Movimiento como prerrequisitos del lanzamiento del Frente? ¿Cuál fue la naturaleza que el General atribuyó a su herramienta frentista?. Finalmente, ¿cuáles fueron los principales cauces de atracción de consenso que Perón imprimió al Frente?

2. Perón y el FRECILINA
* Un fantasma bicéfalo: crisis y radicalización

Sin duda, la capacidad política de la dictadura estuvo severamente limitada por el empeoramiento de la situación económica del país. Al comenzar 1972, recrudecieron las demandas de las fuerzas políticas y de las corporaciones patronales y sindicales clamando por un urgente cambio de la orientación «liberal» que el Gobierno imprimía a la economía. La impugnación provenía incluso de agentes económicos que estaban muy lejos de cuestionar las relaciones capitalistas de producción, pero que dependían de las demanda del mercado interno(11).
El deterioro de las condiciones económicas potenció un proceso de conflictividad social generalizado que tuvo diversas estaciones y altos picos de combatividad social y regional. Huelgas y movilizaciones obreras -en fábricas, dependencias públicas, delegaciones sindicales pronúnciales-, un paro nacional de la CGT, jornadas de protesta de la CGE, conflictos que afectaron a organizaciones sociales regionales, enervamiento de la agitación estudiantil universitaria y rebeles o puebladas en el Interior del país y el arrecido accionar de las guerrillas, expresaron la marea de reivindicaciones y ofensivas que acosaron al régimen mutaren un ajetreado año preelectoral. El impacto de estos múltiples desafíos pareció limitar drásticamente los planes y tiempos políticos del Gobierno militar. Comenzó a demostrar, no sin cierta alarma, que el mero planteo de recetas represivas tenía cada vez más escasa viabilidad tanto política como operativamente(12). Asediados por la radicalización de las prácticas sociales -provenientes de un mosaico de fuerzas «neoizquierdistas»-, los planes del régimen de pautar las condiciones y caminos de la democratización, se desnudaron como un escorzo de pronunciamientos y disposiciones institucionales que debieron «quemar etapas» y sacrificar objetivos ante el curso de la ola de agitación opositora que no dejaba de desbordarlo(13).
La convergencia de la activación de diversas fuerzas sociales aceleró el desgaste del régimen militar. Sin embargo, varios cauces de la protesta antimilitar ya comenzaban a confluir en la estrategia opositora absorvente de Perón. La propia diálectica del conflicto y las estrategias de los actores involucrados -no olvidemos que varias experiencias «neoizquierdistas» se reconocían como parte integrante del Movimiento Peronista-, reforzaban aquella tendencia. En otros términos, el principal flujo de esa energía social contestataria, incluso la gestada por grupos en proceso de radicalización izquierdista, fue procesado en el interior o en la periferia del polo de oposición política, construído bajo la hegemonía de Perón y del Movimiento Justicialista. Como en un juego de pesas y balanza, el creciente desprestigio militar parecía solidificar la corriente de consenso atraída por el Frente Cívico pergeñado por Perón. El análisis de los principales mecanismos de esta apropiación de legitimidad política por Perón y el FRECILINA constituyen el tema de la siguiente secuencia reflexiva.

Disciplinamiento, negociación y confrontación

La convocatoria de Perón al Frente Cívico de Liberación Nacional (FRECILINA) -la declaración se hizo en la revista Las Bases, en febrero de 1972; revitalizó la ofensiva política del Movimiento Peronista contra el gobierno militar. La instalación pública del FRECILINA convirtió a Perón en el interlocutor necesario para hacer mínimamente predecible. cualquier camino que el Gobierno tomara en pos de la institucionalización del país. En términos de acumulación política, constituyó una nueva avanzada del peronismo sobre el sistema de partidos; ya que, sin abandonar el amplio pacto intersectorial de La Hora del Pueblo, integró a un conjunto de fuerzas partidarias a la órbita de una estrategia electoral y de gobierno, donde el Movimiento adquirió un hegemonismo indisputado. Paralelamente aceleró los mecanismos para el funcionamiento y la organización partidaria.
Los imperativos de la ampliación de la política de alianzas habían persuadido a Perón de la necesidad de la organización del Movimiento. El peronismo, como fuerza hegemónica de las principales coaliciones «institucionlizadoras», debía «ordenar» su estructura interna, supeditando las reivindicaciones sectoriales a una dificultosa convivencia. Urgía encuadrar a las diversas vertientes bajo los dispositivos de control digitados por los «cuerpos orgánicos» del Movimiento, a la vez que modificar la composición de estos últimos. El farragoso disciplinamiento de la pluralidad de ambiciones comenzó a resolverse bajo el esquema de la conducción personalista del Líder y de la organización verticalista. Para afirmar esta voluntad organizativa, Perón logró imponer el mandato de las listas únicas para cubrir los cargos de la conducción partidaria. Esta orden taxativa implicó la postergación del candente debate ideológico que tensaba las relaciones entre las distintas fracciones. Mediante esta decisión, Perón priorizó apostar a un equilibrio -basado en diferir la discusión sobre una «actualización doctrinaria» permeada de matices izquierdizantes-, que incluía reconocer la presencia de alas extremas en el abanico interno del Movimiento. Esta maniobra coronaba el éxito de una dominación carismática que se abría paso en el complejo entramado interno del Movimiento, y que neutralizaba un fantasma visceralmente aborrecido por el General: el «copamiento» de los resortes decisorios del Movimiento por alguna de las tendencias que disputaban la encumbrada instancia de poder.
En el contexto de la confrontación con el gobierno, aquel peligro provenía de un conjunto de dirigentes acostumbrados a «espúreos» entendimientos con las FF.AA. -es decir, los establecidos por fuera de la digitación de Perón-, y a quienes se estigmatizaba con los calificativos de neoperonistas, paladinistas y vandoristas. De todos ellos, Perón consideraba como menos confiables a los sobrevivientes del aparato «paladinista» abigarrado en las funciones partidarias. Sobre sus posiciones habían detonado sistemática medidas impulsadas por perón que debilitaron su accionar en las cúpulas del :movimiento. La ,más contundente fue la orden instando a la afiliación masiva;-la que logró destronar a los cuadros ingresados por Paladino, en forma selectiva, en las posiciones directivas del Movimiento ; para conservar su hegemonía. Los comicios del Partido Justicialista de la Capital Federal, en junio, fueron un clara demostración -de la decisión de depurar de cuadros paladinistas a la estructura partidaria(14).
Para combatir la injerencia de estos sectores, Perón estimuló la marea crítica desplegada por los sectores «duros» del Movimiento, tanto las ubicadas en las filas del sindicalismo combativo como las tendencias juveniles proguerrilleras. Estos grupos radicalizados asumían su lucha contra paladinistas y vandoristas como soldados de una inquietante invocación: la «ortodoxia», la causa legitimadora emanada del cumplimiento de las órdenes dictadas por Perón(15). La Juventud fue la principal fuerza generadora del proceso movilizador que engrosó las filas del Movimiento con nuevos adeptos, enrolados al calor de la radicalización del discurso peronista. Fue factótum de las nuevas afiliaciones que permitieron al General acometer el desplazamiento de la tendencia paladinista. No obstante, los grupos juveniles eran portadores de poderosos impulsos heterónomos y de una práctica propensa al cuestionamiento de las fuerzas tradicionales y derechistas, anquilosadas en los aparatos político y gremial. Fortalecidos por el aliento a la «actualización doctrinaria», que reclamaban a todos los grupos del Movimiento; por no pocos estímulos recibidos por el Perón «partidario del socialismo nacional» y, especialmente, debido a sus estrechos vínculos con las «formaciones especiales »; las organizaciones tributarias de la Juventud Peronista imprimían al Justicialismo un agudo juego de c ontradicciones que, tendencialmente, amenazaban la unidad del Movimiento.
Las cartas del equilibrio pendular exigían ajustes y pronunciamientos de naturaleza compensatoria(16). El estímulo a la marea crítica -guerrilla, juventud y gremios combativos- provocaba malestar en la dirigencia sindical tradicional, acosada y acusada de «vandorismo». Perón nunca perdió de vista los límites de ciertos deslizamientos críticos que amenazaban con zaherir un capital social tan imprescindible, como el aportado por el movimiento gremial organizado.
Lejos de actuar como un bloque sin fisuras, el sindicalismo peronista revelaba una serie de conductas y corrientes de acción. Diversos comportamientos en relación al tipo de vinculación que adoptaban frente al Estado; matices en la ligazón con el Movimiento y con el liderazgo de Perón y preferencias con determinadas modalidades de la acción gremial. Tanto los organismos de conducción de la C.G.T. (v.g. el Comité Central Confedera!) como la Mesa Directiva de las «62 Organizaciones» eran ámbitos en los que se evidenciaban los matices y discrepancias provenientes de los distintos puntos vistas. En las instancias que acompañaron el lanzamiento del FRECILINA, cuatro tendencias -visibles como coaliciones de sindicatos- se repartían los principales espacios de poder del mapa gremial peronista. El participacionismo, conocido como «Corriente de Opinión» (en el que militaban hombres como Coria y Taccone); la corriente de la confrontación-negociación, la principal heredera del vandorismo, nucleada alrededor de la U.O.M. y los grandes sindicatos; el «grupo de los 8», desprendimiento del vandorismo clásico(17); y los gremios enrolados con el llamado peronismo gremial «combativo».
Uno de los capítulos más significativos en la recomposición de las relaciones de Perón con las cúpulas sindicales ocurrió en mayo de 1972. Compelido por el afianzamiento de la unidad organizativa del Movimiento, Perón insufló un shock de confianza a la dirigencia más tradicional del sindicalismo, a la que recibió en Puerta de Hierro, representada por sus figuras más encumbradas(18). Este encuentro evidenciaba otra candente preocupación del General. Necesitaba colocar bajo su influencia al ala más importante utilizada en la negociación política con el gobierno, uno de cuyos tableros más decisivos se dirimía en el frente gremial. Por vías del gremialismo organizado, Perón podía convalidar, enfrentar o bloquear las iniciativas en pro de la «pacificación social» llevadas a cabo por el régimen militar. Las órdenes de Perón a los gremialistas acerca de la conveniencia del paro o de la negociación, o del ingreso o rechazo al Consejo Económico Social, incidían notoriamente en el curso de la política social de Lanusse. Legitimar a los grupos más tradicionales del sindicalismo -e instar a las tendencias combativas a disciplinarse tras su conducción-, era un termómetro de las expectativas de negociación que Perón todavía cifraba con el gobierno militar. Si el curso de la negociación institucionalizadora con el Gobierno no era interferida por «trampas ni exclusiones», Perón continuaría promoviendo al ala gremial negociadora, a la que mantendría en la estructura de conducción de las «62 Organizaciones». Si ello no ocurría, podía hacer gravitar a las tendencias combativas y favorecer la reorganización de la cúpula dirigencial de la Mesa de Conducción de aquel organismo.
Para obtener la aquiescencia de los principales dirigentes de la poderosa burocracia sindical, Perón avaló el proceso de reconstitución gremial piloteado por la C.G.T. y las «62»; su aval se tradujo en la bendición de las autoridades cegetistas de cara al congreso a realizarse en julio, y en el reconocimiento a la continuidad de los dirigentes de la Mesa de Conducción de su Brazo Político (las 62). Este pronunciamiento de Perón respecto al frente gremial revistió suma trascendencia prefigurando una línea de acción que cobraría total nitidez y preponderancia, a partir de la experiencia de gobierno iniciada en 1973. Sin embargo, en las reconstrucciones del período no se concede especial interés a esta decisión del General. Quizás por haber quedado disimulada en la tonalidad radicalizada que Perón impuso a otros pronunciamientos. No obstante, se trató de una opción táctica crucial. Implicó una concesión largamente esperada por la burocracia sindical, especialmente cuando el clima de cuestionamientos amenazaba con barrer algunos de sus privilegios corporativos y cuando algunas corrientes «combativas» disputaban espacios del poder gremial. Perón instó a todas las tendencias a acatar las decisiones tomadas por las «62 Organizaciones» y evitar la «sectorialización» y dispersión que achacaba a los sindicatos disidentes. En esta legitimación de los cuadros dirigentes gremiales, reverberó la cuerda más sonora del pragmatismo de Perón, reminiscencia de su concepción corporativa. Según este planteo, era preferible en el movimiento sindical peronista «una mala política homogéneamente ejecutada» que una «buena política» que podía dividir al movimiento obrero y a sus organismos de conducción (19).
Al mismo tiempo, el fruto de esta aproximación entre Perón y los sindicalistas sepultó a las últimas veleidades «vandoristas» que sobrevivían en el movimiento obrero. A partir de este nuevo status de convivencia, quedaron abortadas todas las negociaciones autónomas que los gremialistas efectuaran con el Gobierno por fuera de los lineamientos trazados por la conducción estratégica (La figura de hombres como Corla transitó un vertiginoso desprestigio que lo apartó de las instancias decisorias del Movimiento). Las cúpulas sindicales terminaron por reverenciar a la conducción vertical; decidieron encolumnarse tras el FRECILINA reconociendo tanto al comando superior como al Consejo Superior del Movimiento, en cuya conducción lograron una representación como «rama sindical» (aunque no sin resentimientos por no lograr la proporción de cargos apetecida). Nítidamente Perón se aseguraba el reconocimiento en el campo gremial y se erguía como único depositario del mando(20). Su conducción lograba delimitar un campo de fuerzas internas del Movimiento; un confín qué no podían transgredir los diversos sectores, ni siquiera los dirigentes de la «columna vertebral» del Peronismo. Los que actuaran desoyendo las directivas del Movimiento Justicialista tendrían, en opinión de Perón, el mísero predicamento de un «cuatro de copas»(21) .
El disciplinamiento implicaba el afianzamiento de un statu quo donde la convivencia de fracciones opuestas requería constantes laudos y treguas forzadas. Estas actitudes hacían visible la preferencia de Perón por los desplazamientos pendulares. El explícito aval otorgado a la «izquierda del movimiento» (J.P. y guerrilla) como parte de la estrategia de confrontación contra el Gobierno, se compensaba con movimientos de integración de la derecha política y militar en las estructuras partidarias(22). Ciertas figuras de este sector fueron piezas útiles para algunos movimientos de Perón frente al Gobierno militar. Diversas instancias del diálogo y de la auscultación del entramado interno de las FFAA se realizaron por intermedio de emisarios de la ultraderecha peronista, como el teniente coronel Osinde, que actuaba como nexo del Movimiento con la institución castrense (23). Por intermedio de estos personajes, los hilos de consulta y negociación se mantenían aún en las etapas más borrascosas del fuego cruzado entre Perón y Lanusse. Otros operadores derechistas, como el Gral Iñiguez, exigían cesar o atenuar las consignas antimilitares que desplegaban la vertientes combativas del peronismo. Iñiguez era partidario de la no prescindencia de las FFAA en el proceso electoral en ciernes, y de asignarles un rol clave y salvacionista en la lucha contra la «amenaza del comunismo»(24). A mediados de 1972 tuvo varias reuniones con oficiales de las tres armas y con el propio Lanusse. Por su intermedio, Perón desplegó una ofensiva consistente en dialogar con las cúpulas de las tres fuerzas, relativizando la potestad de Lanusse en el seno de un poder compartido con los representantes de las distintas armas. Quedaba claro que la prioridad eran los contactos con las FFAA, un interlocutor a quien se reconocía mayor representatividad y decisión que a la figura del Presidente. Estas maniobras de Perón tendían al aislamiento de Lanusse en la trama de la conducción colegiada del poder militar, aprovechando y estimulando posibles y reales desavenencias con el resto de los altos mandos: La tentativa de aislamiento apuntaba a minar las chances de Lanusse de una candidatura cívico militar en el proceso de transición hada la salida electoral. Los irritantes desplazamientos «pendulares» de Perón eran denunciados por los más encumbrados analistas orgánicos de la burguesía(25) .
Hacia junio, el reinado de Perón sobre los distintos sectores del movimiento era un hecho visible e indiscutido. Todas las demandas sectoriales, aunque no disolvían los antagonismos profundos entre los diversos componentes, se procesaban en el acatamiento del liderazgo carismático(26). La expresión más genuina de esta situación fue la consagración de la candidatura de Perón como presidente del Partido, proclamada el 25 de junio, en el Congreso del Partido Justicialista realizado en el Hotel Savoy(27). El éxito obtenido por Perón, si bien no anuló la violencia interna, garantizó las condiciones de una momentánea tregua. El hecho revestía enorme trascendencia. Por primera vez, luego de 17 años de proscripción, el Peronismo se organizaba como partido conforme al Estatuto de los Partidos Políticos en vigencia. Sin embargo, a pesar de la concresión de este requisito de adaptación institucional, en el que el Gobierno había cifrado fútiles esperanzas (la ilusión de sacar el meridiano de las negociaciones de las decisiones de Madrid); el peronismo seguía conformando un Movimiento que se aglutinaba en torno a un único eje de verticalidad: Perón. El propio Congreso consagró la dominación personalista. La técnica de la digitación de candidaturas y el manejo de cuotas de cargos por rama, fue la materialización de la voluntad de Puerta de Hierro, comunicada por Cámpora y acatada por la globalidad de los sectores; aunque no logró apagar el resentimiento del «ala gremial»(28).
El reinado unipersonal de Perón se afianzaba sobre un mosaico de fuerzas que denotaba un precario equilibrio faccional. El desarrollo del propio Congreso reveló la existencia de grupos de intereses. Las tendencias «federalistas», representantes del peronismo provinciano que conformaban la «rama política»; la rama gremial, integrada por el aparato sindical peronista hegemonizado por las «62 Organizaciones»; los grupos combativos, integrados por la Juventud y por sindicalistas «duros» y, finalmente, el «grupo camporista» (designado por el General como conducción vicaria), aparato superestructural de escasa densidad social que, para afianzar sus posiciones en el Movimiento, había comenzado a tejer una alianza con los sectores de la «Tendencia Revolucionaria de la Juventud Peronista»(29). El juego de alianzas del camporismo irritaron a las «62 Organizaciones». La intransigencia de Cámpora frente a las excedidas demandas de espacios de poder reclamadas por la «rama gremial» -el 50 % de los cargos- repercutió como una soterrada «declaración de guerra» cuyas consecuencias no tardaron en expresarse como agudos enfrentamientos ideológicos(30). A pesar de estas turbulencias, la «institucionalización» del Movimiento otorgaba a Perón el reinado desde un Olimpo indiscutido(31). El eje de las negociaciones no se movía de Madrid.

Naturaleza del Frente: panfrentismo y polo de convergencia antigubernamental

Tal como Perón lo definió(32) y como efectivamente lo explicitaron las adhesiones que suscitó, el Frecilina encarnó una «alianza de clases» instrumentada por el Peronismo en una coyuntura donde la negociación con el Gobierno apeló, con acrecido vigor, a la confrontación y polarización política. La convocatoria al Frente fue la maduración de la principal iniciativa política con la que intentó acelerar el aislamiento del régimen militar. A mediados de 1972, había claros signos del éxito de esta tarea. Los esfuerzos de Perón por «embolsar» la mayor cantidad de fuerzas posibles para afianzarse frente al gobierno militar -tanto sea para negociar como para confrontar-, habían cobrado envergadura y despertaban la atención de las principales fuerzas políticas(33).
Los objetivos del Frente trascendían los fines electorales. Si bien existía para obligar al Gobierno a conceder una salida electoral sin continuismo, el FRECILINA postulaba, según Perón, metas de un reformismo social redistribucioncita, aspiraciones de modernización capitalista y un difuso compromiso con la «transformación estructural» de la Argentina. La ambivalencia y yuxtaposición de fines campeaba en los volubles pronunciamientos del General, resignificados según los interlocutores y las circunstancias del enfrentamiento con el Gobierno. El Frente era al mismo tiempo la herramienta de la «reconstrucción nacional» y el vehículo de la «liberación nacional y social»(34).
El FRECILINA contribuyó a catalizar la polarización de fuerzas antigubernamentales dentro de la esfera de decisión de Perón. Absorvía gran parte de la masiva energía antidictatorial alojada en la sociedad civil. No obstante, Perón le otorgó un sesgo panfrentista, de fronteras tan flexibles como para acoger a sectores de las FFAA que quisieran sumarse a su cauce. Más aún, varias figuras militares -aunque no consubstanciadas con la línea liberal que encarnaba Lanusse-, cumplían importantes funciones en su lanzamiento público (Licastro, Osinde, Iñigez, Farmache, etc). Las alocuciones de Perón acerca de un Frente Nacional amplio -el 90% de la sociedad-, incluso llegaron a despertar algunas simpatías -o, al menos, posibilidades para una revancha contra Lanusse-, en el inexpresivo general Levingston, uno de cuyos emisarios, Gildardo Novara, desfiló por Puerta de Hierro(35).
El Frente desafiaba al Gobierno. Ciertas revelaciones y. declaraciones de Perón ponían a prueba la consistencia de la interna militar y advertían acerca de la ingobernabilidad de la sociedad. Perón comprobaba la rápida erosión de las bases sociopolíticas que sostenían al Gobierno. Contaba con la certeza de que este proceso aceleraría los cuestionamientos de los cuerpos castrenses a la figura de Lanusse; un líder empeñado en una cada vez más resistida candidatura presidencial para una transición que no ofrecía demasiadas seguridades a las FFAA, y que no concitaba el declamado amplio «acuerdo» con las principales fuerzas de la civilidad. En el marco de esta interacción, una demostración de fuerza de Perón golpeó uno de los flancos débiles del Gobierno: la revelación de una iniciativa de Lanusse que se había realizado sin el consentimiento del resto de los miembros del poder militar colegiado. A principios de julio, Perón hizo públicas las negociaciones secretas que había mantenido, en abril de 1971, con el emisario presidencial, el coronel Cornicelli. En aquel encuentro, protegido por un riguroso silencio oficial, el Gobierno había propuesto un acuerdo al líder justicialista, para que diera consentimiento a la etapa de transición -crear el «clima de fe y de esperanza»-, en la que las FFAA arbitrarían los mecanismos de la restauración democrática tutelada. El Gobierno necesitaba otro poderoso -y esquivo- aval de Perón. Un pronunciamiento apaciguador, la rotunda condena de la violencia guerrillera ejercida en su nombre(36).
Con la revelación, Perón volvía a medir y pulsar la fuerza real de Lanusse en la cúspide del aparato estatal. Provocó un cimbronazo en las cúpulas castrenses y alimentó varias especulaciones sobre el malestar y las disidencias reinantes en los mandos castrenses(37) que aspirara a participar en los comicios. La estocada tenía un inequívoco destinatario en Madrid. cuestión de la violencia social y política ejercida contra el régimen fue otro flanco del asedio al Gobierno aprovechado por Perón. La «carta» de la violencia, especialmente las acciones emprendidas por las organizaciones armadas, engrosaba su artillería antigubernamental(38). Más aún, el FRECILINA había acogido a vertientes, como la «tendencia revolucionaria de la Juventud», que compartían los objetivos y los operativos de la guerrilla peronista. La escalada de acciones de los comandos insurgentes contra blancos militares -en jornadas de marzo y abril ocurrieron los hechos más graves-, contribuían a jaquear al Gobierno; y Perón, evitando su condena, no dejaba de sacar partido de sus consecuencias. «Yo no he hecho ninguna declaración -se justificaba­ , porque pienso que la violencia popular está siendo provocada por la violencia gubernamental»(39). Una certeza comenzaba a persuadir, a lo largo de 1972, a todas las fuerzas en juego, incluidas las gubernamentales: ninguna negociación del Gobierno podía realizarse con éxito sin la participación del Líder exiliado. « El tiempo trabaja para nosotros», tal la convicción que flotaba en Puerta de Hierro (40).
Los expedientes de la pacificación y de la radicalización del conflicto parecían depender, cada vez más, de la influencia de Perón y de la alianza que estaba gestando.

Los caces de la acumulación del Frente
La práctica de masas: el discurso de la liberación

La articulación del Frente acaeció en . a etapa convulsionada por los enfrentamientos antidictatoriales. La impronta confrontacionista fue sellada por el propio Perón en su fundación, en la elección de algunos de sus referentes y en la gestación de iniciativas, alusiones programáticas, consignas, en las modalidades de crecimiento e inserción social. Apañada por Perón, el Frente impulsó una práctica en el movimiento de masas, engarzando su dinámica de crecimiento con las diversas reivindicaciones sectoriales que se traducían en conflictos contra la dictadura. No solo los conflictos planteados en los términos de confrontación-negociación- regateo, a los que era proclive la dirigencia sindical peronista, nutrieron el arsenal de lucha aprovechado por el Frente. También se é encabalgó y metabolizó, por vías de sus alas , gremiales y juveniles más «duras», algunas de las ofensivas más radicales «neoizquierdistas», planteadas tanto en el terreno de las reivindicaciones económico-sociales, como aquellas vinculadas con la reconquista de las libertades democráticas; o, más extremas, aquellas traducidas en los conatos de lucha armada, que cuestionaban las relaciones capitalistas de poder. En estas arenas tan diversas, Perón instaba, de manera más o menos explícita, a canalizar energías contestarlas para el FRECILINA. Atendiendo a la confrontación se materializó la consigna de Perón de construir el FRECILINA corno afrente de masas». En tal circunstancia, el discurso de la «liberación» pareció convocar a diversos afluentes de una masa crítica en proceso de activación.
El rol asignado a la Juventud en la expansión y reclutamiento capilar del Frente, dieron a este proceso movilizador un sesgo «izquierdizante» y un desafiante tono «radicalizado» al proselitismo. Esta elección de Perón registraba el rápido crecimiento experimentado por las corrientes juveniles en los últimos años de la lucha antidictatorial. Un ascenso coronado con la unidad organizativa de las diferentes columnas juveniles -la J.P. de las Regionales-, alcanzada el 9 de junio de 1972. Un nacimiento que selló su identificación con las consignas y objetivos levantados por las «formaciones especiales». La concentración de la rama juvenil venía a demostrar un dato indiscutible para Perón y para calificados observadores de la época: no existía otro sector del justicialismo con semejante poder de convocatoria(41). El Frente se presentaba como el instrumento de la «liberación nacional y social» de la Argentina. Esta energía movilizadora fue convenientemente alentada por Perón, aunque no tuviera el control absoluto de sus impulsos autonómicos. Entrevistas, cartas, cintas magnetofónicas, libros y revistas recogían la actualización doctrinaria de un Perón que pontificaba sobre la «marcha de las sociedades hacia un futuro(42).
La sintomática elección del ex teniente Julián Licastro como Coordinador del FCLN significó un deliberado desafío confrontador contra el Gobierno. Este joven militar retirado venía desempeñando el rol de Secretario de Adoctrinamiento en el Consejo Superior Justicialista; una función asignada por Perón en la que se procesaban los lineamientos de la renovación doctrinaria (temas como el «socialismo nacional', el antimperialismo, la teoría de la guerra popular, etc); y que obraba como correa de transmisión del discurso radicalizado tributado a la Juventud. El desafío al Gobierno era más que explícito: un militar expulsado de las Fuerzas Armadas, por sus convicciones políticas, era entronizado como el coordinador del principal frente político que disputaba las condiciones de negociación con el Gobierno. La irritación militar ante la designación de una figura, a quien ciertos observadores consideraban «el brazo intransigente de Perón», no podía ocultarse(43). Perón acompañaba esta orientación como una secuencia más del asedio al Gobierno, a quien inquietaba con la incorporación de figuras de perfiles más intransigentes y combativos. Tras el alejamiento de Paladino - y su reemplazo por Cámpora-, Licastro y Galimberti fueron promovidos al Consejo Superior, para acoger el potencial de activación de las falanges juveniles, la «línea dura» del movimiento. Interlocutor en el diálogo con la «Tendencia», Licastro podía moderar las aspiraciones de la J.P. al interior del Movimiento; y sumar -aunque esto no resultó fácil- a las «formaciones especiales» a la estrategia electoral que Perón comenzaba a avizorar(44).
Otros aspectos del lanzamiento del FRECILINA absorvían ciertas prácticas y lenguajes provenientes de la «neoizquierda». Con convicciones muy claras sobre la hegemonía, Perón estimulaba un «aggiornamento» doctrinario que, observado en su devenir, más bien operó como travestismo ideológico. Según sus dictámenes, el Frente debía gestar una serie de alianzas con diversas organizaciones sociales que aceptaran al peronismo como eje principal de la coalición. Los arrebatos discursivo neoizquierdistas prefiguraban la implantación molecular del FCLN en la sociedad, a partir de organismos de base locales, distritales y provinciales. Tras estos objetivos, Perón lanzó la orden de la instrumentación de «Mesas de Trabajo», con el norte puesto en la difusión territorial «por abajo» del Frente. Las «mesas de trabajo» intentaban receptar el proceso de movilización social contra el gobierno -al, estilo de un movimiento asambleístico interclasista-, en el que las huestes juveniles cumplían un protagonismo y una autonomía que, : fuera de ciertos límites, era necesario domeñar(45). El perfil movilizador acentuado por las «mesas de trabajo» se combinaba y sincronizaba con las acciones de caracter superestructural; un ámbito en el que el Movimiento, sujeto hegemónico del Frente, comenzó a articular un juego de alianzas tácticas con otros partidos para «cercar al enemigo». A tono con la activación popular reinante, ciertas postulaciones del Frente se confundían -casi siempre en el plano de las proclamas y amenazas­ , con una perspectiva insurreccional. Según esta interpretación, la acción en las bases apostaba a un horizonte estratégico, de largo plazo; propiciaba nuevas formas de organización popular para «la toma del poder». Este radical planteo discursivo, si bien contemplaba una vía pacífica para el caso de una salida electoral irrestricta, amenazaba transitar un camino «revolucionario» y «enérgico» si aquel objetivo era distorsionado por el Gobierno(46).
Las proposiciones izquierdizantes del FRECILINA contemplaban el reclutamiento de una franja social crítica, incluso aquella encuadrada en grupos y alianzas políticas más definidamente progresistas. La «fraseología revolucionaria» de Perón parecía convencer a avezados analistas de la realidad acerca de la renovación ideólogica en curso. Sus elucubraciones sobre el «socialismo nacional»; el apoyo al avanzado programa elaborado, a principios de los Sesenta, por las «62 Organizaciones» en Huerta Grande; las alusiones favorables a la reforma agraria y a la nacionalización de la banca y del comercio exterior, entre otras, no dejaban de cosechar adhesiones de sectores radicalizados de las capas medias y de sectores jóvenes integrados al movimiento obrero (como la Juventud Trabajadora Peronista). Acentuando la tónica «transformadora» del Frente, algunos de sus animadores reivindicaban la identidad de una coalición anti-sistema; su programa pretendía combatir a los representantes del régimen militar y los «grupos oligárquicos». Para los sectores del llamado peronismo gremial «combativo», existían consideraciones clasistas que debían depurar , la política frentista. Según estos avanzados planteos -frutos de la coordinación y fluído intercambio con fracciones sindicales marxistas-, la construcción debía prioritar el trabajo de masas, para conjurar las inconsecuencias y maniobras desviacionistas de la «burguesía nacional»(47). Aunque había un correlato con deseos realmente existentes en la sociedad, las circunstancias también fueron pródigas para despliegues de oportunismo y desmesura. El frenesí discursivo de ciertos dirigentes radiografiaba una presunta naturaleza «antimperialista» y «anticapitalista» (sic) del FRECILINA que tenía al «socialismo nacional» como objetivo estratégico(48).
En sintonía con estas afirmaciones, la captación de la energía contestarla deparaba guiños y convites para con algunos sectores de la Izquierda. El sedazo del panfrentismo incluía un corrimiento a babor que procuró, aunque no logró en su totalidad, el convite al Encuentro Nacional de los Argentinos (E.N.A.) para integrarse -y disolverse!- en la coalición. La fuerza de atracción del peronismo absorvió a importantes dirigentes del E.N.A., como uno de sus co-presidentes, Jesús Porto, quien identificó al programa del FRECILINA como «popular, nacional, antioligárquico y antimperialista»(49).
El deslizamiento hacia posiciones radicalizadas deparó instancias ambiguas en la relación de Perón y la guerrilla que actuaba en su nombre. El cada vez más notorio derrotero político electoral que Perón imprimía al FRECILINA, comenzaba a plantear incongruencias con la dinámica operativa, acendradamente autónoma, de los grupos armados. Estas no adoptaron la forma de rupturas públicas ni explícitos desafíos con el todavía incuestionado Líder. Hacia marzo, ya se procesaban como replanteos discretos al interior de aquellas organizaciones(50). El avistaje del horizonte electoral las obligó a reflexionar, a matizar la lógica militar que impregnaba sus objetivos con análisis y conductas más «políticas». Comprendieron que la estrategia de Perón para retornar al poder priorizaba el camino de las urnas y desplazaba -o convertía en mera amenaza retórica- a la idea de la «guerra popular prolongada».
En los ambientes cercanos a la guerrilla flotaba la «metáfora vietnamita». Según esta imagen, los vietnamitas no cejaban en su encarnizada lucha contra el imperialismo norteamericano, pero aceptaban sentarse con ellos en la mesa de negociación de París. Perón efectuaba la misma maniobra para torcer el brazo del régimen militar y su conducción estratégica tanto necesitaba un sector intransigente -la guerrilla, la J.P.-, como una línea negociadora -el aparato político, los sindicalistas, el ala derecha (51). Entendiendo esta ecuación y sin abandonar sus acciones, la guerrilla - Montoneros, FAR, Descamisados-, toleró y luego impulsó a que la Juventud Peronista se integrara en las «mesas de trabajo» del Frente, y ampliara su inserción en los espacios de poder de las estructuras del Movimiento. La lucha armada, lejos de cesar, se encaminaba ahora a hacer efectivas dos cuestiones que desvelaban a los militares: el retorno y la candidatura de Perón(52).
La política de la guerrilla peronista seguía, no obstante, expresándose por la vía de las armas. Las acciones que ejecutaron adquirían el significado de demostraciones de fuerza y de recursos de poder con los que los integrantes del Frente (y Perón) debían contar(53). No faltaron oportunidades en que esta situación se hizo presente con ostensible dramatismo. Entre los meses de marzo y mayo, cuando circularon versiones acerca de que Perón «licenciaría» a las guerrillas, los principales grupos insurgentes irrumpieron en la escena nacional con una serie de operativos punitivos contra las fuerzas represivas que parecieron tener mas de un destinatario. El asalto y voladura del Club Militar San Jorge, en Hurlingham; el asesinato de un comandante de Gendarmería afecto a la tortura de prisioneros y el copamiento de un Grupo de Artillería en Ciudadela fueron demostraciones de la autonomía y de la presencia expectante que las «formaciones especiales» ejercían en relación al curso de la política del Frente. Esta exhibición de fuerza, a su manera, comprometía los movimientos de negociación pacífica ejecutados por Perón frente al Gobierno; e incidía, también, en las relaciones del Líder con otros sectores del Frente y del Movimiento, a quienes la guerrilla consideraba «traidores»(54).
A medida que se afianzaba la opción de Perón por la salida electoral, los sectores más intransigentes de las «formaciones especiales» -v.g. las Fuerzas Armadas Peronistas (F.A. P.)-, mostraron quizás los primeros signos de discrepancia o enfriamiento de su relación con el General. Si bien las F.A.P. reconocían «ser fieles a Perón», asumían el significativo pronunciamiento de postularse como «la alternativa política y organizativa de la clase obrera y el pueblo peronista para conquistar una patria justa, libre y soberana, la patria socialista». El dato no era nimio. Fue la primera ocasión en que una organización armada peronista se diferenciaba del proyecto político de su Líder y no reclamaba su retorno al país y al poder (55).
Sin embargo, esta tesitura radical frente al liderazgo de Perón no fue seguida por los principales grupos guerrilleros ni por la Juventud Peronista, que nunca llegaron a cruzar fuego contra la salida política propulsada por el FRECILINA. En opinión de la «izquierda peronista», el Frente y la efectivización de los aspectos más radicales de su programa eran una instancia útil para derrotar al Gran Acuerdo Nacional diseñado por el Gobierno Militar (56).

La práctica superestructural: un proyecto de reconstrucción y desarrollo

La exaltación de ciertas formas de radicalidad confrontativa expresó un componente del crecimiento del Frente. Otro provino de su conversión en eje articulador de las principales iniciativas de la negociación y salida política (57). Con el FCLN, Perón materializó un arco de alianzas interpartidarias e intersectoriales que, yuxtaponiéndose con los objetivos de La Hora del Pueblo, cosechó un efectivo consenso como polo de la civilidad contra la dictadura(58). Mientras LHP amainaba su activismo, el Frente, alimentado por la ola de protesta popular, traducía el haz de cuestionamientos sociales en una energía política suficiente para pautar el ritmo y la agenda de temas desplegados en la negociación con los militares. El potencial para arbitrar las principales alianzas superestructurales había madurado aceleradamente en la primera mitad de 1972. La mayor parte del espectro político no podía dejar de orquestar sus respectivas estrategias en función de los actos y pronunciamientos a los que Perón inducía al FCLN. El hegemonismo no dejaba de cosechar frutos. Una de tales victorias fue la convocatoria del Frente (implementada por Cámpora en nombre de Perón) a una asamblea multipartidaria en el hotel Savoy, el 30 de mayo, que tuvo por objeto cohesionar a los partidos en el rechazo de la reforma constitucional postulada por Lanusse y en el pedido de adelanto de la fecha de las elecciones (59) . A mediados de 1972, el FRECILINA, sin haber abandonado el marco, de LHP, la aventajaba en el trazado de la estrategia de la reconquista de las libertades democráticas. Sus pronunciamientos y su programa acogían las reivindicaciones más unánimes de la lucha antidictatorial: el levantamiento del estado de sitio; la supresión de los tribunales de excepción creados por el fuero antisubversivo; el cese de los operativos rastrillo realizados por las FFAA y la libertad de los presos políticos y gremiales (60). La «respetabilidad» que había reconquistado la coalición no solo se extendió al arco político y social. También podía percibirse en el tratamiento que recibía Perón, y la alianza que lideraba, por algunos voceros del establishment, otrora hostiles e intransigentes para con su figura(61).
El FRECILINA admitía su condición de alianza de clases con vocación de gobierno. Su política de acuerdos le confirió una base de sustentación social lo suficientemente amplia como para ofrecer un proyecto de gobernabilidad de la sociedad. En términos económicos, aquel objetivo se fundaba en un programa de reconstrucción del capitalismo nacional; empresa que alentaba la ruptura con el «continuismo» de la política económica «liberal» del Gobierno y de sus principales beneficiarios, los «monopolios» y las fracciones más concentradas de la gran burguesía trasnacionalizada y financiera. En un contexto de masiva impugnación a las recetas «liberales» para resolver la crisis (la batería de medidas tomadas por el tandem Licciardo-Brignone), el FRECILINA promovía una estrategia de relanzamiento del capitalismo nacional, cimentado sobre promesas de crecimiento económico, pleno empleo y un modelo de
redistribución social consensuada por el acuerdo entre las fuerzas del capital y del trabajo. Una coalición política ampliada y el diseño de un proyecto económico «reactivador», que involucraba el consentimiento de las organizaciones empresarias y sindicales, atraían las expectativas de amplios sectores de la sociedad para con el Frente (62). A medida que se precisaban quiénes eran los participantes y cuáles los contenidos programáticos de la alianza, el discurso de la «liberación nacional» se combinaba, yuxtaponía y difuminaba con perspectivas populistas y definidamente desarrollistas.
El grupo de partidos que acudió a la convocatoria frentista del Peronismo no hizo más que acentuar el sesgo moderado de la «reconstrucción y pacificación nacional», proclamada por Perón cuando el umbral de los comicios se vislumbraba más definido y asequible. Las agrupaciones democristianas, la ex UCRI, los partidos provinciales, las fracciones del conservadurismo «popular» y un sector irrelevante del socialismo, confluían tras un programa de desarrollo industrial y distribución social populista; en su fraseología la «liberación nacional» equivalía a un rechazo retórico y genérico a las fuerzas de la «oligarquía», a los «monopolios» al equipo gubernamental que satisfacía sus intereses. Las amenazas de transformaciones radicales agitadas por los «duros» del Movimiento e insinuadas por el Perón de la confrontación cedieron terreno a una tónica reformista, «modernizadora» y apaciguadora. Esta transmutación y combinación ecléctica de metas y agendas temáticas del FCLN pudo realizarse por el rol preponderante que Perón otorgó a otro expectante aliado de la coalición: el Movimiento de Integración y Desarrollo (M.I.D.), la usina más activa en la producción de la ideología económica y de los contactos empresariales e internacionales del Frente. La confluencia no fue fruto del azar. Los pronunciamientos de Perón, en la hora fundacional del FRECILINA, daban cuenta de su acercamiento a las históricas proposiciones que venía propugnando el desarrollismo. La proyección inaugural del FRECILINA ya proclamaba un programa de gobierno con objetivos extraídos del clásico repertorio del frondizismo. El lanzamiento de grandes obras hidroeléctricas y viales, la promoción de las industrias siderometalúrgicas, del papel y de la celulosa, de la química pesada; los emprendimientos petroquímicos y el objetivo del autoabastecimiento en materia de carbón y petróleo; componían el proyecto de recomposición del «capitalismo nacional» que prometía el Frente. En realidad, Perón ya había manifestado un acuerdo concreto con el desarrollismo, a partir del encuentro con Frigerio, a fines de 1971, donde se gestaron los principales contenidos programáticos para el futuro Frente. La convergencia tuvo su rúbrica, en marzo de 1972, con el publicitado «abrazo de Puerta de - Hierro» de Perón y Frondizi. Las heridas del pasado lucían restañadas (63) .
El perfil nacional-desarrollista del Frente era totalmente compatible con su naturaleza de alianza de clases; comenzaba a concretar el obsesivo clamor por la «integración del movimiento nacional», propugnado por la dupla Frondizi-Frigerio, desde los comienzos de la década de 1960. A pesar del escaso aporte electoral que podía ofrecer, el MID gozó de gran predicamento al interior de la alianza y, en no poca medida, impregnó algunos de sus movimientos estratégicos. El desarrollismo no podía ofrecer votos, pero sí la ubicua influencia ideológica que sus principales operadores tenían o ejercían en importantes círculos empresariales y entre algunos intelectuales y equipos de tecnoburócratas. Otros vínculos del frondizismo tampoco eran ajenos al conocimiento de Perón y pesaban a la hora de engrosar el potencial de la alianza. El más sustantivo aludía a las relaciones con sectores afines de las FFAA -que no comulgaban con la orientación «liberal» de la fracción lanussista-; y que se identificaban con las orientaciones «nacionalistas» e «industrialistas», hijas del proselitismo frondicista entre algunos oficiales del ejército (64). Los planteas del grupo desarrollista evitaban el radicalizado tono antimilitarista de la campaña del Frente. Más bien solían enfatizar el desiderátum de un futuro gobierno de salvación nacional, en el que debían estar representados sectores de las FF.AA. (65).
Por intermedio del desarrollismo, la propuesta de reconstrucción y modernización capitalista del FRECILINA suscitó el interés y la respetabilidad -cuando no un abierta simpatía-, en importantes sectores de la burguesía industrial y financiera europea. Esta cuestión revistió gran importancia en la proyección superestructural del Frente, que también requería de ciertas formas de reconocimiento o legitimación internacional. Con paso decidido, el FRECILINA delineó una opción por el «europeísmo», estrategia a la que Perón venía considerando como principal punto de apoyo para el proyecto de independencia económica enarbolado por el Frente (66).
No faltaron argumentos de índole geopolítica para justificar la ideología europeísta del Frente. Perón consideraba a la alianza como alternativa tercerista: una tercera vía, equidistante del capitalismo liberal y del socialismo colectivista. Según estas razones, Europa, tercer potencia económica, ubicada entre los dos grandes bloques de poder; ofrecía una oportunidad para viabilizar el programa de desarrollo argentino; permitiría alcanzar una situación de contrapeso frente al crecimiento del Brasil, amparado y sostenido por un cúmulo de inversiones norteamericanas. Para los ideólogos peronistas-desarroilistas-democristianos del FRECILINA, el crecimiento económico de la nueva Argentina se cimentaría sobre un trípode constituido por el «empresariado nacional», el Estado y los capitales europeos; y alentaría el perfil de una nación productora para su mercado interno y con inminentes perspectivas exportadoras para con Latinoamérica y las naciones africanas. En los prolegómenos de la gestación de la crisis petrolera, que habría de estallar en 1973­ 74, los proyectos de Perón y del desarrollismo quizás destilaran un optimismo que sobredimensionaba los recursos propios y la contribución externa. Según estos planes, Europa ofrecería a la Argentina los capitales necesarios para su reconstrucción financiera e industrial y los medios para aliviar sus deudas. Existía, además, una desorbitada confianza -alentada por no pocas fantasías engendradas por el camarero papal Valori-, en la afluencia de numerosas «radicaciones industriales» a nuestro país. En consonancia con ideas compartidas por un vasto arco partidario, el «proyecto nacional» no implicaría «desnacionalizaciones» ni intromisiones «imperialistas (67).
El desarrollismo, los lobbies empresariales vaticanos (y su sinuoso agente) y el receptivo Perón fueron coautores del «operativo europeísta» del FRECILINA. Si bien esta empresa política se exhibió con desmedida confianza en sus resultados, produjo un impacto efectista en la opinión pública nacional. Las proyecciones internacionales del Frente eran el síntoma de un activismo ascendente y daban cuenta de un crecimiento perceptible. Su presencia en los foros europeos contrastaba con la parálisis y el repliegue de la política exterior del régimen militar en aquel continente (68). Desmintiendo los augurios militares acerca de la peligrosa confluencia de intereses que arrastraba la coalición, el proselitismo frentista no deparaba «saltos al vacío» ni prometía transgredir el horizonte de las relaciones sociales capitalistas. Las amplias prácticas superestructurales -que incluían el aval del capitalismo europeo-, desmentían algunos temores en los agentes económicos y ofrecían la confiabilidad de un proyecto de conciliación de clases con acrecido consenso político.

El Gran Acuerdo de Perón

A mediados de 1972, el FRECILINA no solo exhibía la consolidación de la presencia del Peronismo en la escena nacional, sino también los avances de su ofensiva contra las posiciones del Gobierno militar. A partir de su instalación pública, el Frente incrementó aliados reales y potenciales; partícipes directos en la alianza -más dóciles algunos, más díscolos y autónomos otros-, e interlocutores benévolos o condescendientes que no entorpecieron sustancialmente su estrategia. La práctica como «frente de masas» -expresada en un discurso radicalizado-, le permitía la captación de importantes sectores sociales, protagonistas de las principales luchas contra la dictadura e, incluso, canalizar en su interior la energía contestataria gestada por varios grupos de la «Nueva Izquierda» (algunos de los cuales reconocían explícitamente una identidad peronista). Al mismo tiempo, la articulación de un abanico de alianzas interpatidarias -desplegadas como flexibles prácticas superestructurales-, contribuyó a restar interlocutores o aliados significativos a la estrategia del Gobierno; y aceleró el camino de una legitimación política que, además, cosechó ciertas formas de consentimiento y respetabilidad internacional.
No eran insignificantes los resortes de poder que se incorporaban a las decisiones, más o menos directas, de Perón; y que lo acercaban a su estrategia de conquista del futuro gobierno. Uno de los primeros signos del fortalecimiento de las posiciones de Perón frente al gobierno era el éxito que estaba logrando en el disciplinamiento interno de su Movimiento. Imponiéndose sobre el intrincado escenario de cuestionamientos y disputas entre dirigentes y tendencias, Perón avanzaba en la unificación de su hueste neutralizando y sumando a su estrategia a grupos tan reacios como los provenientes del neoperonismo, prácticamente absorbidos en las redes partidarias. El mandato del Líder instando a la conformación de listas únicas para candidaturas y autoridades partidarias tuvo tal éxito que desmembró los residuos de la línea paladinista, siempre proclive a acuerdos y a posturas condescendientes para con el gobierno militar.
En esta etapa, en claro desafío al denodado reclamo del gobierno militar, Perón no abjuró de los vínculos, diálogos y correspondecia con cada una de las cuatro organizaciones guerrilleras que actuaban en su nombre (Montoneros, FAR, Descamisados y FAP), y cuyas acciones no condenó sino que utilizó como factor de presión contra el gobierno.
A su favor contaba con las poderosas estructuras sindicales que conformaban la C.G.T., cuyo reagrupamiento alrededor de eje político de las 62 Organizaciones había inducido, luego de negociaciones con las diversas tendencias existentes en el sindicalismo. A mediados de 1972, la influencia del Movimiento Peronista en la clase obrera había recuperado un grado de preponderancia cercano al que gozaba antes de 1955. Las principales iniciativas políticas de la cúpula sindical eran tomadas en concertación, cuando no sugeridas lisa y llanamente por el propio Líder residente en Madrid. En este sentido, Perón supeditó al clima de negociación/confrontación con el gobierno, ciertos movimientos tácticos de la CGT, como la amenaza o la suspensión de paros nacionales, el ingreso o no al CONES, etc. Protector de este enorme capital de presión social, Perón apostó a la unidad del sindicalismo peronista reconociendo a las autoridades constituídas -los dirigentes más confiables de la burocracia sindical heredera del vandorismo-, y acallando ciertas actitudes de aliento o seducción que otrora había lanzado a los sectores gremiales «combativos».
La impronta policlasista de un Frente que se proponía acometer la reconstrucción de la economía nacional comenzó-a atraer a su fuerza gravitatoria a sectores representativos del empresariado nacional, como aquellos expresados por la Confederación General Económica, cuyas principales demandas estaban inscriptas en el programa del FRECILINA.
Otra dinámica franja social, el movimiento juvenil, una de las vanguardias del enfrentamiento contra la dictadura, confluía mayoritariamente hacia el peronismo e insuflaba el principal potencial de movilización y expansión del FRECILINA. Unificada en junio de 1972, la Juventud Peronista disponía de plena representación en el Consejo Superior del Movimiento y multiplicaba un vasto reclutamiento social que incluía a sectores de las capas medias (estudiantes universitarios, secundarios, técnicos, profesionales, intelectuales); proceso saludado enfáticamente por Perón como expresión del «trasvasamiento generacional» y como acopio de «materia gris» para los equipos programáticos del Movimiento.
La dotación de recursos políticos traspasaba las fronteras del movimiento. La promisoria convocatoria del FRECILINA había atraído al campo gravitatorio de Perón a fuerzas partidarias, en el pasado adversarias al Justicialismo, como los grupos democristianos, desarrollistas, partidos provinciales y vertientes residuales del conservadorismo y del socialismo. En un plano no tan simbiótico, la fuerza de atracción, derivada de la estrategia de reconstrucción del sistema partidario propiciada por Perón, recogió interlocutores - aunque no aliados frentistas- en fueras otrora muy enfrentados con el peronismo, como la UCR y los comunistas, encuadrados en otros cónclaves multipartidarios donde también participaba el Peronismo corno fuerza mayoritaria: La Hora del Pueblo y el Encuentro Nacional de los Argentinos.
El caudal de sus fuerzas era superior al del Gobierno militar como para volcar a su favor el curso de las negociaciones de las que emergería la suerte del próximo gobierno electo. La anhelada tentativa de las FF.AA. de tutelar la transición democrática, a través de un gobierno «cívico-militar», presidido por el propio Lanusse, quedó prácticamente sepultada, a principios de julio, con la autoproscripción del Presidente de facto. Perón cosechó como una resonante victoria este renunciamiento. Por otra parte, el casi unánime rechazo del conjunto de los partidos a la cláusula de residencia en el país, para los candidatos a los comicios de 1973 (con la excepción de la Nueva Fuerza, de algunos partidos provinciales amanuenses de los militares y del desprestigiado sector del «socialismo» encabezado por Ghioldi), revelaba otro aspecto del creciente grado de aislamiento de las iniciativas gubernamentales. El fracaso de la salida «continuista» parecía más que probable. Como había confesado Perón al semanario L'Espresso, Lanusse tenía tantas chances de ser candidato a Presidente de la futura Argentina, como él de ser «Rey de Inglaterra».

Notas

1. Los desbordes totalitarios del régimen, la megalomanía y el culto a la personalidad, el estado de sido permanente, la superposición irritante de Estado y partido, el oscurantismo cultural, entre otras acciones, redujeron a la disidencia política a un estado de virtual sordina y extrañamiento. Cf. Halperín Donghi T., Historia Argentina. La democracia de masas, Bs As, Paidós, 1991, p. 69 a 72. Cavarozzi M., Autoritarismo y democracia, Be As, CEAL, 1992, p.13.

2. Un período de negociaciones extrainstitucionales al que agudamente Nun lama de «parlamentarismo negro». Cit.por De Riz, p.52. También Cavarozzi, op.cit. p.25.

3. Oscar Braun, comp. E! capitalismo argentino en crisis, Bs As., Siglo XXI, 1973,p. 19 a 21; Para la evolución de la distribución del ingreso, véase: CEPAL, El desarrollo económico y la distribución del ingreso en la Argentina, Nueva York, Naciones Unidas, 1968.

4. Perón anatematizaba el futil amelo de la «desperonización» que perseguían sus oponentes: «Como neófitos en política suponen que, poniendo presos a todos los dirigentes del Movimiento Justicialista, la masa peronista se les plegará y que les bastará poner algunos 'tenientes interventores' para apoderarse de nuestras fuerzas». J.D.P., La fuerza es el derecho de las bestias, Lima, Edit. Gráfica Mundo, 1958.

5. Aunque descreía de su éxito, Perón nunca dejó de alertar sobre las acechanzas de «rapamiento» de las estructuras sindicales ni de fulminar a los dirigentes que osaran «sacar los pies del plato». Cf. Juan D. Perón, La hora de los pueblos, Bs.As., Norte, 1968.

6. En la primera parte del exijo, Perón no cejó en denunciar a los grupos que escapaban a su tutela: «Los dirigentes que pretendan formar nuevos partidos -advertía-, están entendidos con la tiranía y son simplemente traidores a nuestro Movimiento: hay que desenmascarados y repudiados..» Juan D. Perón, Directivas generales para todos los peronistas, s/Ve., enero de 1956. Véase también María Arias y Raúl García Heras, «Carisma disperso y rebelión: los partidos neoperonistas»; en S. Amaral, Perón del exilio al poder, Bs As., Cántaro, 1993, p.95 y ss.

7. Robert Potas, El ejército y la política en la Argentina, 1962-1973, Bs As., Sudamericana, 1994, 1ra. parte, p25 a 27. Antonio Manna, «Coacción y coalición: peronismo y partidos políticos, 1962-1963; en: S. Amaral, op.cit.p. 142-145.

8. Las preocupaciones anticomunistas del clero argentino ya se habían manifestado en algunos tanteos de reconciliación realizados, en 1957, entre dirigentes partidarios, como el Dr. Figuerola (ideólogo de la síntesis peronofalangista), y el cardenal Caggiano. Cf. Perón-Cooke, Correspondencia, Bs As, ed. Parlamento, vol.2, 1984, p.19 y 20. Aún en los peores momentos del exilio, también la opinión de Perón reafirmaba la necesidad de la reconciliación con la Iglesia. Véase J.D.P., Del poder al exilio. Cómo y quiénes , me derrocaron, Bs As. s/e., 1958, cap. V.

9. Juan C. Portantiero, «Economía y política en la crisis argentina, 1958-1973; en: Revista de Sociología Mexicana, 1977, p.559. Guillermo O'Donnell, El Estado Burocrático Autoritario,1966-1973, Bs As. Ed. de Belgrano,1982. Cavarozzi, op.cit. p.50; Tulio Halperín D., La larga agonía de la Argentina peronista, Bs As., Aries, 1994, p. 58-61; María M. Ollier, Orden, poder y violencia, Bs.As., CEAL,1989, vol. 2, pag. 127 y se; Oscar Anzorena, Tiempos de violencia y utopía, Bs As, Contrapunto, 1989; Liliana De Riz, Retomo y derrumbe, Be As., Hyspamérica, 1985; Alain Rouquié, Poder militar y saciedad política en la Argentina, Bs.As., Hyspamérica, 1988, p. 289 y se; Julio Godio, Perón. Regreso, soledad y muerte. 1973-1974, Bs As., Hyspamérica, 1986. p.50. Horado Maceyra, Cámpora, Perón, Isabel, Bs As., CEAL, 1986, p.13 y ss.

10. Con irritante displiscencia, Rouquié omite el accionar del FCLN en el marco de una superficial caracterización superficial que lo considera «efímero» y de «escasa actividad». Véase al respecto, Alain Rouquié: Autoritarismo y democracia, Bs As, Edicial, 1994, p. 175-176. Acertadamente, De Riz insinúa, acertadamente, su importancia, al caracterizar aquel instrumento político corno parte de la «ofensiva» ejecutada por Perón; aunque la autora no profundiza sobre la cuestión. Cf. Retomo y... pag. 51 y ss. Para M.M. Ollier, a partir de 1972 se da una «poderosa ofensiva» de Perón contra el régimen militar, pero este proceso no aparece vinculado, como merecería, con el lanzamiento del FCLN. Cf. «Perón y las Fuerzas Armadas»; en S. Amaral, op.cit. pags 249 y ss. También H. Maceyra encuadra al FCLN como un operativo de Perón para quitarle bases de apoyo a Lanusse, aunque tal enunciado no es desarrollado con evidencias empíricas. Cf. Op.cit., pag. 16 y ss. Es muy agudo el enfoque de Godio, para quien Perón creó al FCLN como frente de «unión nacional» -alternativa opuesta y simétrica al G.A.N. de Lanusse-, sin renunciar a los estímulos que brindaba a la guerrilla, pero el tratamiento del tema no deja de ser sumario y breve. Cf. Godio, op. cit. p. 58-59. Bonasso nos entrega un detallado e intrigante relato de figuras y episodios impactantes del período de lanzamiento del Frente, pero la reconstrucción es asistemática y no está orientada al análisis específico del FCLN. Cf. Bonasso Miguel, El presidente que no fue, Bs As, Planeta, 1997, cap. 12 a 19. Resulta inesperado que una de las recopilaciones más fecundas sobre la incidencia del peronismo en la historia reciente, la compilada por S. Amaral y M. Plotkin, no ofrezca un tratamiento específico o alusivo al lanzamiento del FRECILINA.

11. Expresión de la masividad del descontento, la crítica declaración de la C.G.E., - organización del mediano empresariado que contaba con un rallón de afiliados-, impugnaba al equipo económico, responsable de una política que destruía al mercado interno de consumo, reducía el poder adquisitivo de la población, agudizaba la concentración económica y promovía la recesión. En sus demandas instaba al mejoramiento de la redistribución del ingreso, a la correcta orientación del crédito y del manejo de divisas, al apoyo a la empresa nacional y a las economías regionales, la prohibición de las importaciones suntuarias, la promoción activa de las industrias básicas. Para la institución, la política seguida por el equipo económico amenazaba el proceso de institucionalización del país. La Opinión, 11/2/72.

12. Las principales embates de la política represiva del Gobierno cosecharon una generalizada oposición de vastos sectores de la sociedad. La misma se focalizó contra algunos de las situaciones más irritantes, como la reforma del código penal; el fuero antisubversivo, los tribunales militares, el encarcelamiento de dirigentes sindicales y estudiantiles, la ominosa habilitación del Buque-Cárcel Granaderos; las torturas; el asesinato de un estudiante en la Universidad de Tucumán; la desaparición del militante obrero Lachowski; etc.

13. Marcelo Cavarozzi, Autoritarismo y...op.cit, Bs As., C.E.A.L., 1992, p. 47-48. Sobre los picos más agudos de la activación estudiantil, véase La Nación y La Opinión, del 26 al 30 de junio de 1972. La crónica de las «puebladas» de Roca y Malargüe puede seguirse en los mismos diarios, entre el 2 y el 9 de julio del mismo año.

14. Las elecciones fueron impugnadas por la lista paladinista, persuadida de la inminente derrota. Por el cúmulo de irregularidades y denuncias fueron postergadas hasta el 20 de junio. Eduardo Colom, apoderado de la Lista paladinistas), acusaba de manipulación fraudulenta a la Conducción del Movimiento y a Cámpora. «Serán elecciones irregulares, impuras y, por lo tanto, los candidatos triunfantes serán ilegítimos y no tendrán derecho a sentarse en la mesa del Gran Acuerdo Nacional». A contrapelo del endurecimiento general que Perón imprimía al Movimiento, y que lo hacía sospechar de los propósitos y condiciones en que el Gobierno presentaba al GAN, Colom y los paladinistas defendían al Acuerdo: «es la única herramienta -decía- que nos encauzará en la institucionalización definitiva, que todos anhelamos». La Lista nº2, prohijada por Perón\Cámpora, triunfó ampliamente. Cf. La Nación, 17/6/72.

15. Paradoja de una rueda histórica que no cesaría en cambiar los roles de la lealtad y la felonía. En el transcurso de poco más de un año, aquellas tendencias cuestionadoras serían implacablemente difamadas y perseguidas en nombre de la misma «ortodoxia».

16. De Riz sostiene que el vínculo era redefinido conforme a las circunstancias, por lo que caracteriza al Movimiento como «centauro maquiavélico de dos cabezas». Cf. Liliana 148 de Riz, op cit., p. 53 y ss.

17. Escisión temporal del vandorismo, estos gremios manifestaron su oposición a la reelección de Auca en la conducción de la C.G.T. Entre los más importantes figuraban los municipales de lzzeta, el SUPE de Diego Ibañez, los molineros y los obreros del vidrio. Conformaron una fracción minoritaria al interior de las 62 organizaciones. Cf. La Nación, 4/7/72.

18. Concurrieron los líderes de la C.G.T. y de las «62»: Rucci, Romero, Miguel, Herreras 1.50 y Corla. Cf. La Prensa, 21/5/72 y La Opinión, 20/5/72.

19. En Puerta de Hierro, Perón elogió la tarea de los dirigentes tradicionales, al plasmar con éxito los objetivos de «unidad, solidaridad y organización». Asimismo repudió a quienes propiciaban «cambios de caballo en mitad del río». Cf. La Opinión, 23/5/72. Avalada por la bendición de Perón, la Burocracia Sindical -los herederos más tradicionales del ex vandorismo- legitimó su conducción de la C.G.T., en el Congreso del 6 de julio. Los representantes de los «gremios combativos» fueron excluidos de los cargos directicos de la central obrera. El monolitismo peronista no admitía fisuras. Los arneses que comprimían las estructuras del poder sindical no se escapaban de las manos de las «62». Cf. La Opinión, 7/7/72.

20. Cf. La Prensa, 23/5/72.

21. Cf. Entrevista a Perón realizada por Osvaldo Tcherkaski; en La Opinión, 28/5/72.

22. El «equilibrio bascular» al interior del Consejo superior del Movimiento se expresaba, en 1972, en la grotesca convivencia de dirigentes como Galimberti y Osinde.

23. «Delegado de Perón ante las Fuerzas Armadas», tal desparpajo con que se exhibía su rol Cf. La Opinión, 19/5/72. Potash describe algunos episodios de la conducta de Osinde de no malquistar a las FF.AA. Cf. El ejército y la política en la Argentina, 1962-1973, 2da. Parte, Bs As., Sudamericana, 1994, pag. 298. Este oficial de inteligencia, devoto cruzado del anticomunismo, era uno de los principales blancos de la impugnación de la «Tendencia Revolucionaria», en razón de su filiación fascista y de sus pronunciamientos desafiantes contra la orientación de la Juventud y contra el accionar de las «formaciones especiales. Osinde fue artífice de provocaciones e incidentes que hicieron peligrar el «equilibrio» de las tendencias internas, al repudiar públicamente las acciones de la guerrilla peronista. Cf. La Opinión,19/5/72.

24. Iñiguez visitó Puerta de Hierro a comienzos de junio de 1972. Por su intermedio, Perón disponía de información acerca de cómo repercutían sus declaraciones e iniciativas en el seno de las FF.AA. Cf. La Nación, 4/6 y 27/6/72.
El filornilitarismo de este emisario clave de Perón era desembozado. Para el futuro gabinete del gobierno peronista, postulaba la idea de un ministerio por cada arma. Cf., La Opinión, 1/7/72.

25. Los columnistas de La Nación examinaban certeramente las zigzagueantes actitudes del caudillo exiliado. Utilizaba pronunciamientos agresivos para referirse al Gobierno, pero cuidaba de separarlo de las FF.AA., con las que no dudaba en establecer negociaciones. Veían duplicidad en los planteos de Perón, ambivalencia en sus declaraciones: anunciar el apoyo al juego limpio y la salida electoral y, simultáneamente, atizar a otros interlocutores con planes de lucha contra la dictadura. «Tirar de la cuerda y medir la resistencia y el poder del adversario político». Cf. La Nación, 27/6/72.
Otra baraja a su favor. Perón utilizó las ventajas que le otorgaba la cláusula de rotatitividad que los miembros de la Junta de Comandantes habían establecido en el desempeño del cargo de Presidente. El brigadier Rey se insinuaba como posible ocupante del cargo, al término de la gestión de Lanusse; pautada hasta el año 1973. Cf. La Opinión, 1/7/72 y 5/7/72.

26. Liliana De Riz, Retorno ...op.cit. p. 53.

27. Perón fue designado Presidente, Isabel vicepresidente 1º y Cámpora vicepresidente 2°. La unanimidad en tomo a la candidatura de Perón no hizo al Congreso una asamblea de la concordancia y la benevolencia. Los virulentos incidentes intrapartidarios que afloraron -tiroteos que tuvieron su origen en elementos , afines a la rama gremial- auguraban futuros y sombríos ajustes de cuentas. El congreso fue saludado con un mensaje de Perón. Como era habitual dosificaba moderación y amenaza. El Movimiento estaba dispuesto a actos de grandeza y desprendimiento, pero también a enfrentar «la lucha cruenta» si el Gobierno no garantizaba el juego limpio. Cf. La Nación y La Prensa, 26/6/72.

28. Las quejas también provenían de algunas delegaciones del peronismo del interior, identificados como vertiente «federalista», que reprochaban la metodología de la digitación. Las voces más críticas repudiaban la designación, como integrantes del Consejo Nacional partidario, de turbios personajes -Lopez Rega, su hija Norma y Lastiri- cuyo predicamento comenzaba insinuarse a partir de la gelatinosa urdimbre que tejían en la íntima proximidad de Perón y su esposa. Cf. La Opinión, 28/6/72

29. A mediados del año 1972, el «camporismo», se perfilaba corno una heterogénea alianza conformada por algunos «históricos» dirigentes venidos de la «rama política», de pasado moderado y conservador que, a fuer de sobrevivir en la aguda puja interna, había acercado posiciones con el sector identificado con el programa de la J.P. Montoneros y con el sindicalismo peronista «combativo». La participación de Cámpora en el acto de unificación de la J.P., a principios de junio, y de otras concentraciones del sector juvenil -como la realizada en Nueva Chicago a fines de julio-, daban cuenta de una entente ya conformada que no dejaba de consolidarse. Cf. La Opinión, 30/7/72 También Julio Godeo, Perón. Regreso, soledad y muerte, Bs As; Hyspamérica, 1986, p. 30; Guido Di Tella, Perón/Perón, Bs As., Hyspamérica, 1988, p. 90 y ss.

30. Cámpora debió sostener denodadas negociaciones con los representantes de las 62 Organizaciones, que pretendían la mitad de las 12 secretarías y el cargo de Secretario General. Pero las directivas de Perón propiciaban un reparto equitativo -3 cargos para cada rama- entre los sectores político, femenino, gremial y juvenil. Un despechado comunicado de las «62», redactado por Cofia, decidió no participar momentáneamente en la conducción del aparato partidario. La cúpula quedó integrada de la siguiente manera: Cámpora, vicepresidente 2 ° . H. Farmache, secretario general. Por la rama política: S. Díaz Ortiz, O. Bidegain y Juan Solimo. Por la rama femenina: N. Kennedy, Nélida de Miguel y Esther F. de Sobrino. Por la juventud, Ernesto Jauretche, J. Llampar y A. Maisonave. El sector gremial no designó autoridades, pero en su seno comenzaron a surgir discrepancias acerca del mantenimiento de esta decisión. Cf. La Nación, 26 y 27/6/ 72.
Según Bernetti, el prestigio de Abal Medina nitre los dirigentes de la «rama gremial» -un hábil orfebre en la «pacificación» de la puja intersectorial-, sofrenó o moderó sus embates contra el «camporismo». Cf. Jorge Bernetti, El peronismo de la victoria, Bs As, Legasa, 1985, p. 51-52.

31. Véase La Opinión, 28/6/72. Resulta interesante confrontar perspectivas matizadas sobre la situación de Perón en Madrid. Rolando Riviere, analista de La Nación, ofrece una interpretación más sombría -lejana del triunfalismo- de las verdaderas capacidades con las que contaba Perón en Puerta de Hierro. El declinamiento físico del Líder era palpable. Tenía cada vez más dificultades para mantener un rimo sostenido de entrevistas «sin caer en reiteraciones y lemas ». Da cuenta de los rumores sobre la mengua de energía y poder de reflexión. Más grave aún, describe a un Líder perplejo y desorientado, con dificultades para comprender a un movimiento que ya no era homogéneo y para encontrar un delfín con su misma astucia y práctica política. Cf. La Nación, 4/6/72.

32. Cf. «La única verdad es la realidad», editorial de Las Bases, 16-2-72. También La Nación, 20/2/72.

33. La amplia repercusión de la convocatoria multipartidaria del FRECILINA, del 6 de julio, convertía a la alianza casi en una fuerza sustituta de La Hora del Pueblo. Cf. La Opinión, 8/7/72.

34. Ante espectadores moderados y no comprometidos con tendencias radicalizadas, Perón solía traducir (y morigerar) la consigna de «liberación» como el camino de la «conquista de la normalidad institucional». La Opinión, 28/5/72.

35. El efímero presidente que sucedió a Onganía pareció morder el anzuelo: frentista lanzado desde Madrid. En una demostración de oportunismo y búsqueda de cobijo para su patético peregrinar político, Levingston consideraba que el «Movimiento Nacional se alimenta de todos los argentinos que sienten la agresión de la contrarrevolución y están a la búsqueda de una solución nacional, auténtica liberadora... » Constataba la conversión de Perón en «el árbitro y el conductor de un poder fortificado de la primera facción del poder político argentino, que le otorga una tremenda gravitación». Otras declaraciones denotaban su acercamiento al Peronismo. Según Levingston, en el Movimiento Nacional tendrían participación protagónica Perón y el Justicialismo. Cf. La Opinión, 8/3/72. La Nación, 5/6/72. El manifiesto no cosechó interlocutores. El general no tuvo quien le escriba.

36. Lanusse reconoció e intentó justificar aquel encuentro en un mensaje a la opinión pública no exento de ambigüedades. Véase La Nación, 4/7/72. La reproducción de la entrevista Perón-Cornicelli en La Opinión, 4/7/72. Un comentario sobre los modestos resultados que obtuvo el Gobierno de tal encuentro puede hallarse en Potash, op.cit., p. 255-257.

37. Una de las más visibles muestras de disconformidad fue el pronunciamiento crítico del Brig. Rey, aspirante al ejercicio rotativo de la presidencia d!

38. Esta situación era vista con indignación por influyentes medios de la derecha conservadora que denunciaban la «duplicidad» de Perón, un caudillo que hablaba de pacificación mientras alentaba los operativos de la guerrilla. Véase La Prensa, 25/3/72. «El asilado piensa aprovechar la violencia desatada en la Argentina», titulaba Jesús Iglesias Rouco un artículo enviado desde Madrid. Cf. La Prensa, 15/4/72.

39. Reportaje a Perón de O. Tcherkaski, op.cit.

40. Reportaje... op.cit. También Julio Godo, op. cit, p. 58-59.

Perón estaba persuadido del vuelco a su favor de la situación política. En una carta enviada a Rucci, el 15 de junio de 1972, evaluaba las dificultades del Gobierno militar, con su personal estilo que combinaba pragmatismo y marida criolla Decía: (...) «Nosotros tenemos líos, pero al lado de los que tiene la dictadora son juegos de niños. El tiempo comienza a ajustarlos. Hasta ahora se han gastado en palabras y acción publicitaria, ahora deben comenzar a hacer. Aquí es precisamente donde la pista se les va a poner pesada». En otro párrafo, recibido con un incómodo escozor en ciertos sectores del establishment, alardeaba en clave tremendista con su poder de confrontación: «No descarto tampoco la posibilidad de un nuevo 17 de Octubre pero nacional, algo así como un argentinazo. Veremos cómo le podrán hacer frente». Cf. La Nación, 28/6/72.
La sensación de triunfo frente al régimen era evaluada por documentos internos preparados por la Conducción estratégica. En el correspondiente a setiembre, se diagnostican las crecientes dificultades económicas y políticas del Partido Militar. Califica de «colaboracionismo» al aparato de conducción de la U.C.R. por su apoyo al continuismo de la camarilla militar y augura posibles rupturas internas del partido.
Constata la exitosa campaña-de movilización del Movimiento por el operativo retorno. El objetivo de la misma era «concretar la formación de una cabecera para el desembarco». Otra certeza era la consolidación del FCLN, al que ya se encolumnaban la CGT y la CGE con acuerdos estratégicos que contrastaban con el aislamiento y desintegración del Partido Militar. CF. «Actualización Informativa al 9 de setiembre de 1972». También Primera Plana, n° 502,12/9172, p.50 y Las Bases, n°20, 7/9172.

41. Bajo la advocación del compromiso «La sangre derramada no será negociada», el multitudinario amo -más de 10.000 jóvenes en la Federación de Box- contó con la asistencia del delegado personal de Perón, Cámpora, y fue saludado efusivamente por el General a través de una cinta magnetofónica. El principal párrafo de la proclama de la J.P. expresaba «solidaridad con los combatientes peronistas de las formaciones especiales y grupos activistas de la Guerra Revolucionaria». La convergencia juvenil deparó la participación de variadas agrupaciones, entre ellas Trasvasamiento Generacional, Encuadramiento de Juventudes Peronistas, Montoneros, Descamisados, corrientes universitarias, agrupaciones independientes y... Guardia de Hierro, entre otras. Entre los dirigentes juveniles asistieron R. Galimberti, R. Grabois y los derechistas A. Alvarez (G.de H.) y A. Brito Urna (C.de O.). Las ráfagas insurreccionales emanadas de los discursos juveniles construían una imagen revolucionaria de Perón. «El régimen está acorralado -decía una proclama- con la estrategia de la guerra popular revolucionaria, que marca nuestro jefe. Cf. La Nación, 10/6/79. También La Opinión, 4/6/72. Véase el análisis del crecimiento de la J.P. de Miguel Bonasso, en La Opinión, 11/6/72.

42. Véase por ejemplo Juan D. Perón, La hora de los pueblos, Bs.As., Norte, 1968. También Actualización política y doctrinaria para la toma de/ poder. Reportaje realizado a Perón por F. Solanas y O. Getino, 1971. También: Matilde Ollier, «Perón y las Fuerzas Armadas; en Samuel Amara', comp., Perón, niel exilio al poder, Bs As., Cántaro, 1993, p.232. William Ratliff, «Perón y la guerrilla: el arte del engaño mutuo»; en S. Amara', op.cit., p. 275. Unos años antes, Perón había confesado a la revista Panorama: «La vía de la lucha armada es imprescindible. Cada vez que los muchachos dan un golpe, patean para nuestro lado la mesa de negociaciones y fortalecen la posición de los que buscan una salida electoral limpia y clara...» Citado por Guillermo O'Donnell, El Estado...op.cit., pag. 374.

43. La Opinión, 5/3/72.

44. Véanse las razones de este análisis en La Opinión, 21/3/72.

45. «El FRECILINA debe transformarse en miles de mesas de trabajo en todos los rincones del país (...)deben organizarse sin esperar más órdenes, y con la presencia de todos los sectores políticos... Mensaje de Perón, recogido por La Nación, 11/3/72. Perón apostaba a Licastro para que el vínculo orgánico con estos sectores no se descontrolara. Véase también La Opinión, 17/3/72.

46. Cf. Discurso de Licastro, recogido en La Opinión, 27/5/72.

47. Discurso de Julio Guillén, recogido en La Opinión, 27/5/72.

48. Discurso de Licastro en el Sindicato del Calzado, recogido en La Opinión, 27/5/72. La dinámica de la lucha ideológica al interior del Movimiento explica la actitud de ciertos sectores de la izquierda peronista de invocar un Perón «socialista». Por cierto, la conducta del General no daba de alentar este fervor juvenil. A mediados de 1972, en uno de los instantes más armoniosos de la relación, varios dirigentes radicalizados -Galimberti, Grabois, Rearte, Mayensky -, fueron recibidos en Puerta de Hierro. Mayensky, dirigente de La Matanza y abogado defensor de los presos políticos, retrata con una exaltación algo desenfrenada, las convicciones «revolucionarias» de Perón. Tras su visita a Madrid, encontró un Perón consubstanciado con el trabajo de «una estructura socialista que deberá tener el Muro régimen argentino, así como las relaciones que habrá de mantener con el Mercado Común Europeo, con Africa y con Asia». Observó al Líder «completamente convencido de que el camino hacia el socialismo en la Argentina era inexorable». Declaraciones recogidas en la Nación, 1/7/72.

49. Cf. La Nación, 19/3/72 Véase también La Opinión, 5/3 y 22/3/72. El E.N.A. reunía a sectores combativos del peronismo, a fracciones progresistas de la U.C.R. de algunas provincias, al partido comunista, a grupos cristianos seguidores de H. Sueldo, a las conducciones universitarias izquierdistas, etc. Fueron los dirigentes comunistas quienes se opusieron a ingresar al FCLN.

50. Algunos voceros cercanos a tales organizaciones, como Héctor Villalón, aunque no proclamaban el In de los operativos armados, reconocían un impasse de « prudencia» ante el curso de los sucesos políticos. Cf. Declaraciones de Villalón, recogidas en La Opinión, 18/3/72.

51. Esta aguda percepción de la interacción entre la guerrilla y Perón puede profundizarle en La Opinión, 18/3/72.

52. Para Bernetti, la movilización juvenil y la lacha guerrillera fueron los procesos que precipitaron el retomo del General. Cf Jorge Bernetti, op.cit., pag. 46.

53. Los sectores del establishment más hostiles a Perón lo consideraban una víctima de su propio juego de alentar a las organizaciones armadas: la apelación a la violencia lo habría dejado «entre la espada y la pared . Cf. La Prensa, 31 /5/72.

54. Cf. La Opinión, 18/3/72. El comunicado de las FAR, dado a conocer tras el copamiento del Arsenal de Ciudadela, dedicaba amenazantes párrafos a los dirigentes políticos, sindicales y de la derecha del Movimiento. (...)»los paladino y los corla, los rucci y los osinde -decía- no podrán disfrazarse de peronistas». Cf. La Opinión, 28/5/72.
Para los dirigentes de la Tendencia, la leal pertenencia al Movimiento se definía por la confrontación -no por la negociación- contra el régimen. «El término negociación - declaraba Galimberti- no sirve para definir las supuestas relaciones entre el comando superior peronista y el régimen». Definía a la línea dura como «la posición del grueso de las fuerzas del movimiento peronista, que se define por su acatamiento a la conducción estratégica del general Perón y por su absoluta intransigencia frente a las maniobras integracionistas del régimen». Declaraciones recogidas por La Nación, 29/6/72.

55. Comunicado transcripto en La Opinión, 18/3/72.
Sobre el curso de la relación de Perón y la guerrilla, véase el minucioso trabajo de Richard Gillespie, Sordos de Perón, Bs As.,Grijalbo,1990. Para una visión simplista, psicologista y acendradamente conspirativa de la interacción, véase William Ratliff, «Perón y la guerrilla...»; en: S. Amaral, op.cit. p. 275 y ss. En el esbozo de historia oficial del Movimiento, esta interacción del Líder y la guerrilla prácticamente es soslayada. Como si no hubiera existido. Cf. Deolindo Bittel, ¿Qué es e! Peronismo?, Bs As, Sudamericana, 1983.

56. «La trampa que significaba el pomposamente denominado Gran Acuerdo Nacional, ya no puede funcionar -declaraba Galimberti-, porque el movimiento peronista la ha desarticulado por completo... y el auténtico acuerdo nacional lo ha concretado el pueblo, superadas ya definitivamente las viejas sectorizaciones, unido en l a lucha por la liberación y la reconstrucción de la Argentina. Declaraciones recogidas por La Opinión, 9/7/72.

57. La descripción del ascendente protagonismo político del FCLN puede seguirse en La Opinión, 17/3/72.

58.Hacia abril, algunos oradores denostaban la conversión de LHP en un apéndice o «comparsa» de la política del FRECILINA; tendencia que producía el malestar de la UCR o el abandono del cónclave multipartidario por agrupaciones como el Partido Socialista Argentino (PSA). Cf. La Nación, 27/4/72.

59. La Opinión, 27/5/72; La Nación, 30//5.

60. Cf. La Opinión, 17/3/72.

61. Por ejemplo, en el transcurso de 1972 fueron desapareciendo en el diario La Nación los calificativos ofensivos (como el de ex dictador) por otros mas neutros o condescencientes (v.g. el ex presidente). El diario La Prensa fue el único que lo siguió evocando en términos de la más inflexible diatriba.

62. Véase la caracterización de O'Donnell sobre las bases económicas y sociales de esta «alianza defensiva» y su expresión en el frentismo peronista. Cf. «Estado y alianzas 174 en la Argentina: 1956-1976»; en Desarrollo Económico, paga. 545 y ss.

63. Cf. Los pormenores del encuentro pueden verse en La Opinión, 1512 y 15/3/1972.

64. La revista Estrategia, dirigida por el gral. Guglialrnelli, difundía aspectos básicos del credo frondicista.

65. Cf. La Opinión, 15/3/1972. Frondizi era partidario de llamar «Frente Nacional» -y no «Cívico»- a la alianza, para evitar las «interpretaciones antimilitaristas». «Desde los gremios hasta los empresarios -declaraba Frondizi-, desde la Iglesia a las FF.AA. y todos los partidos políticos. Todos tienen que unirse: primero, para conquistar el poder, segundo para mantener el poder y tercero, para impulsar los cambios estructurales que el país requiere para salir del estancamiento. Cf. La Nación,1 5/3 y 1/4/72.

66. Horacio Maceyra, Cámpora, Perón, Isabel, Bs.As., C.E.A.L.,1986, p.44 y es. El desarrollismo obró como ariete de la orientación europeísta. La gira europea de Frondizi, a comienzos de 1972 -incluyó países como Italia, Francia y gozó de calurosa receptividad en la España franquista-, tuvo como meta explicar a gobiernos, empresarios e influyentes figuras de la política, los objetivos y las seguras perspectivas de gobierno que alcanzaría el FRECILINA. Los contactos financieros incluyeron a hombres de negocios del Vaticano, como Giancarlo Valori. El mensaje a los grupos inversores era tranquilizador. La campaña proselitista era avalada por la democracia cristiana alemana e italiana. El triunfo del FCLN estaba lejos de implicar «un salto al vacío». Véase La Opinión, 15/3 y 19/5/1972.

67. El «escudo europeísta» parecía proteger a la economía nacional de las voraces pretensiones del «imperialismo yanqui. Esta aserción es compartida por los principales dirigentes (rentistas. Véanse los comentarios sobre esta cuestión en La Opinión, 19/5/72.

68. Las giras de Lanusse fueron de caracter latinoamericano, encuentros con presidentes de Chite, Perú y Colombia.

http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/

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